La pugna PP-Vox en Andalucía
El PP no ha llegado a la antesala de las elecciones andaluzas como esperaba. Con la mochila vacía de mayorías absolutas en Extremadura, Aragón y Castilla y León, el foco no está puesto en si el previsible mal resultado del PSOE será la puntilla para el gobierno de Sánchez, sino en cómo quedará el pulso entre el PP y Vox en la última cita electoral prevista del año
Campaña electoral en marcha. Cuenta atrás para las elecciones al Parlamento andaluz. En poco más de una semana, el domingo 17 de mayo, se celebrarán las cuartas elecciones regionales en España en apenas cinco meses. La de Andalucía será la última parada electoral prevista este año dentro de un ciclo que iniciaron los populares, a finales del pasado año, con la convocatoria anticipada de comicios regionales. El PP nacional respaldó la opción de apretar el botón electoral convencido de que, apelando al voto útil y al argumento de los gobiernos estables, sus barones territoriales podrían lograr la mayoría absoluta en unas elecciones anticipadas en Extremadura (21 de diciembre) y Aragón (8 de febrero), y después en las que tocaba celebrar en Castilla y León (15 de marzo).
A la vuelta del pasado verano, en Génova y en las sedes regionales del PP, las alarmas se encendieron por los buenos augurios demoscópicos de la extrema derecha a costa, principalmente, de sus votantes. Ya no parecía imposible que Vox pudiera superar su techo electoral del 15% (logrado en las elecciones generales de noviembre de 2019, con cerca de 3,7 millones de votos). Tras las alarmas, el PP pasó a la acción y se marcó como objetivo inmediato reafirmar su base electoral para evitar que la formación liderada por Abascal siguiera pescando en su caladero de votos y, sobre todo, fidelizara a sus antiguos electores. Además, el contexto político les resultaba, a priori, propicio a los populares, puesto que el PSOE estaba en horas bajas por el impacto del caso Koldo-Ábalos-Cerdán, y los partidos a la izquierda del PSOE tampoco parecían estar en su mejor momento (por la imagen de desunión y enfrentamiento).
Los cálculos de los populares eran claros: la primera victoria electoral les reforzaría de cara a las segundas elecciones regionales, y con la segunda victoria electoral estarían mejor posicionados para conseguir la siguiente. En sólo tres meses podrían exhibir grandes triunfos electorales y políticos. Dejarían de depender de Vox en tres regiones. Proyectarían al PP como la nueva marca electoral de moda. Y teniendo en cuenta los malos resultados potenciales del PSOE en todas ellas, y en Aragón con una exministra, Pilar Alegría, como cabeza de cartel electoral, calaría el mensaje de que Sánchez y su gobierno habrían sufrido, elección tras elección, un incontestable voto de castigo.
Siguiendo los cálculos del PP, en los comicios andaluces, que tocaba celebrar antes de este verano, se daba por hecho que Juanma Moreno Bonilla revalidaría la mayoría absoluta alcanzada en 2022, siendo capaz de superar el “bache” del escándalo por los cribados de cáncer de mama. La aplastante victoria final sería el trampolín para que, en la misma noche electoral en la región más poblada de España, un exultante PP, sin ataduras con Vox, se viera legitimado para exigir la convocatoria anticipada de elecciones generales. ¿Cómo podría evitar el gobierno de Sánchez que no se interpretaran en clave nacional cuatro apabullantes victorias seguidas del PP en elecciones regionales, frente a cuatro contundentes derrotas del PSOE en las que Sánchez, además, había sometido a examen a dos exministras (Pilar Alegría y María Jesús Montero) de su propio gobierno?
Sobre el papel, los hitos del camino electoral estaban claros. Pero el plan no salió exactamente como el PP esperaba. La falta de mayorías absolutas con las que se saldaron las elecciones en Extremadura, Aragón y Castilla y León, así como, sobre todo, la reciente asunción por parte del PP de la agenda ultra de Vox para seguir gobernando en ellas, no han proyectado la pretendida imagen de un partido exitoso.
Paradójicamente, los dirigentes regionales del PP que adelantaron las elecciones para no depender de Vox, ahora se ven obligados a desdecirse y a aceptar sus imposiciones desde una posición de mayor debilidad. Además, por unas razones u otras, no todos los dirigentes de peso del PP, como Isabel Díaz Ayuso, están de acuerdo en cerrar filas frente a las concesiones realizadas a la formación ultra, lo que supone un foco potencial de fricciones internas en ese partido y de cuestionamiento del liderazgo de Feijóo. Por otra parte, el mejor resultado de lo esperado que consiguió el PSOE en las elecciones regionales de Castilla y León, así como la ligera recuperación demoscópica a nivel nacional de Sánchez y del PSOE en los últimos meses, ha restado credibilidad a la línea discursiva del PP sobre el inexorable hundimiento socialista y, por ende, de la falta de apoyo social del “sanchismo” para seguir gobernando hasta el final (natural) de la legislatura.
Todo ello hace que el PP no se encuentre ahora, en la antesala de las elecciones andaluzas, en la situación inicialmente planeada. Frente al objetivo de poner el foco en los (esperados y quizás por ello descontados) malos resultados del PSOE, parece generar un mayor interés ahora cómo quedará el pulso en el bloque de la derecha, entre el PP y Vox, así como en las consecuencias que pueden tener los resultados andaluces en las estrategias de los partidos de cara al superelectoral 2027 (regionales, locales y generales). ¿Serán las del 17 de mayo las cuartas elecciones regionales seguidas en las que la formación de ultraderecha será clave en la gobernabilidad?; ¿Conseguirá Moreno Bonilla, al menos, los 55 escaños necesarios en el Parlamento andaluz para no tener que depender de Vox para formar gobierno?
Los sondeos apuntan a que la mayoría absoluta está al alcance del PP, pero no la tiene garantizada. Y Vox va a disputarle hasta el último voto para impedirlo. Fue, además, en Andalucía donde la formación ultra consiguió, en las elecciones regionales de 2018, por primera vez representación parlamentaria y ser clave en la formación de un gobierno (entonces de coalición entre PP y Ciudadanos, liderado por Moreno Bonilla).
La formación de Abascal también se juega mucho el 17 de mayo por su necesidad de recuperar parte del “lustre” perdido en los últimos meses, especialmente porque la aureola de éxito es lo que también le da votos, desde la exaltación de un discurso que apela a los valores tradicionales asociados a la fortaleza. Vox no consiguió, en marzo, los resultados esperados en las elecciones de Castilla y León, al contrario de lo que ocurrió en los comicios anteriores de Extremadura y Aragón. Desde abril, las encuestas con estimación de voto en elecciones generales apuntan a que este partido ha dejado de cotizar al alza. Parece que la simpatía y el respaldo (cada vez menos cacareados) de Abascal a Trump, así como los sonados episodios de crisis interna que ha protagonizado esta formación en los últimos meses le han podido pasar factura. Por eso, no es de extrañar que Vox haya optado ahora por monopolizar el debate público español y tener una importante “carta” que jugar en la campaña electoral andaluza con la propuesta de “prioridad nacional” o, lo que es lo mismo, priorizar a los españoles (los nacidos en España de padre y madre españoles, se entiende) por el mero hecho de serlo, frente a la población inmigrante en el acceso a los servicios públicos y la concesión de ayudas sociales.
El verano pasado, aprovechando un incidente, Vox ya consiguió marcar el debate público, alentando el miedo sobre el reemplazo de los españoles por los inmigrantes y proponiendo, a bombo y platillo, expulsiones masivas de inmigrantes y de sus hijos, así como la revisión de las concesiones de nacionalidad. En esta ocasión, la propuesta de la prioridad nacional ha tenido mayor repercusión dado que ya no es solo una “idea”, sino una medida que Vox ha conseguido colar en los acuerdos que ha alcanzado ya con el PP en Extremadura y Aragón para formar gobierno. También ha conseguido Vox que cale el mensaje de que esa medida será una exigencia que los populares tendrán que aceptar si quieren llegar a futuros acuerdos de gobierno, ya sea a nivel regional, local o nacional. Las elecciones andaluzas les servirán a los estrategas de Vox como laboratorio para “testar” si esta propuesta xenófoba les aporta muchos o pocos réditos electorales.
Más allá de si gana más o menos escaños respecto a las elecciones andaluzas anteriores, a Vox solo le vale un resultado en Andalucía: que el PP no consiga la mayoría absoluta. Y por mucho que el PP pueda esgrimir, en el mejor de los supuestos, una debacle de la lista del PSOE encabezada por María Jesús Montero, lo que necesita es retener, al menos, 55 escaños (de los 58 que tiene ahora). Para conseguirlo, la fórmula de Moreno Bonilla pasa por seguir explotando su imagen de líder moderado, tranquilo y conciliador que pone el acento en la gestión y que, visto lo ocurrido en otras regiones, no quiere que en Andalucía haya “líos” a la hora de formar gobierno. A su favor, cuenta con que el PP es, según la encuesta preelectoral andaluza del CIS, el partido político que tiene un mayor porcentaje de votantes fieles y menos indecisos, al tiempo que, en el espacio de la derecha, resulta más atractivo para los votantes (63,4%) que optaron en 2022 por el hoy extinto Ciudadanos y también seduce potencialmente a casi un 30% de los que optaron por Vox. Aunque no se espera que Se Acabó La Fiesta consiga representación en el Parlamento andaluz, su candidatura parece perjudicar más a Vox que al PP.
Asimismo, Moreno Bonilla es el candidato mejor valorado (8,3 sobre 10) por su electorado, mientras recibe buenas puntuaciones entre los antiguos votantes declarados de Ciudadanos (6,9) y de Vox (6,6). Por otro lado, tampoco suscita un fuerte rechazo en el electorado de izquierda y está por ver en qué medida Moreno Bonilla podrá capitalizar, especialmente entre el electorado más centrista del PSOE, el voto útil por el miedo a Vox. Entre los jóvenes (18-24 años), y a diferencia de lo que ocurre a nivel nacional, el PP aventaja en Andalucía en intención de voto a Vox. Igualmente, en el ámbito rural, donde Vox pisa fuerte, los vientos demoscópicos son en Andalucía más favorables al PP.
En todo caso, no se puede descartar que la formación de Abascal consiga un mayor impulso en la recta final de la campaña electoral agitando, desde un discurso que apela a las emociones más primarias y a la “lógica del sentido común”, su (actual) propuesta estrella de “prioridad nacional” en una región en la que hay un segmento significativo de la población que siente preocupación a la vez por el paro, la inmigración, la vivienda y el funcionamiento del sistema sanitario.
Si el próximo 17 de mayo Moreno Bonilla consigue revalidar la mayoría absoluta, será también interesante seguir las repercusiones que esa victoria pueda tener, y no solo en el PP y Vox. Ahí lo dejamos, a la espera de conocer el desenlace.