Uno de los futuros candidatos a las elecciones presidenciales de la República Francesa, Eric Ciotti , acaba de publicar un libro titulado «Europa bien vale una Misa», emulando la famosa sentencia del rey Enrique IV. La tesis de este candidato de la derecha identitaria es que la decadencia de nuestro continente tiene que ver con la pérdida de la cultura cristiana y sus valores, y, por tanto, el renacer europeo requiere recuperarlos desde el debate público y el ejercicio del poder político. Una primera respuesta, evidente, es que el valor de la Misa nunca podrá estar en función de un proyecto , por legítimo que sea, sino en su propio contenido, la Palabra y el Cuerpo de Jesucristo que se entregan a quienes participan en ella. Pero cojamos al vuelo el juego de palabras del candidato. Ciotti no postula una vuelta a la fe, algo que sólo puede suceder, uno a uno, a través de la decisión libre y personal de cada europeo, sino una reconstrucción política de la cristiandad. Un tema muy viejo que, curiosamente, vuelve a cobrar actualidad, no sólo en Francia. La pregunta es si se puede revivir el cristianismo sin la fe cristiana. Ese es el empeño de Ciotti, como lo fue de su compatriota Maurras, lo que provocó la condena del Papa Pío XI. Y aunque Ciotti no tiene la altura intelectual ni el arrastre de Maurras , la sustancia es la misma. Es cierto que la decadencia cultural, moral, e incluso institucional de Europa, tiene que ver con la pérdida de la savia cristiana, pero ésta no volverá a correr por las venas de la sociedad europea porque lo decrete un programa político. Es posible que la fe cristiana vuelva a ser decisiva desde el punto de vista social y cultural en algunas zonas de Europa, es posible, aunque no lo sabemos. Lo que está claro es que no existe cristianismo sin Cristo , y no es posible una cultura cristiana (más allá de esquemas y principios abstractos) sin la fe viva de los cristianos. En un pasaje de su reciente discurso a la Asamblea Plenaria de la CEE, el arzobispo Luis Argüello advertía de los riesgos siempre presentes de ideologización de la fe, y sostenía que la cristiandad, donde religión y sociedad estaban profundamente entrelazadas, ha desaparecido, pero no la llamada a los católicos a ser testigos del Evangelio en todos los ambientes, de forma que influyan en las formas de vida, la cultura y las leyes. Esto último describe la misión, que implica encuentro de libertades, paciencia, acompañamiento… Una cosa es la misión y otra las nostalgias y los proyectos ideológicos que pretenden utilizar al cristianismo como mera herramienta.