Sueño de una noche de verano
La noche caía sobre Londres con una luz pálida y alargada, de esas que anuncian el verano sin terminar de creérselo. En el Emirates Stadium, 58.874 almas se apretaban las bufandas contra el pecho como quien sujeta un recuerdo antes de que se escape, porque lo que estaba en juego no era solo una semifinal: era la posibilidad de despertar de un letargo de dos décadas.
La atmósfera era densa, casi shakespeariana, con la lluvia londinense cayendo mansa sobre el césped mientras Mikel Arteta, ese vasco metódico que ha convertido el caos en sinfonía, se ajustaba el cuello del abrigo en la banda. Enfrente, Diego Simeone masticaba chicle con la mirada de quien ha estado en demasiadas batallas como para asustarse. Su Atlético llegaba con la cruzada de quien persigue una revancha histórica, pero también con las piernas pesadas de una temporada que ya había exigido demasiado. El cartel rezaba «Por tierra y mar», como un verso de aquellas obras que escribía el bardo de Stratford-upon-Avon; y el partido, fiel a su prólogo, se convirtió en un duelo de estrategias tan rígidas que parecía escrito en pentámetros yámbicos.
Simeone lo había advertido en la previa: «Nos conocemos bien, es muy duro para cualquiera cuando estás tan cerca y te lo quitan de la mano». Y esas palabras resonaron durante todo el encuentro como un eco trágico. El Arsenal, ese equipo que la prensa española dibujaba como «plano, pero excepcionalmente ordenado» y «una inteligencia artificial» futbolística, monopolizó la posesión sin demasiada profundidad; el Atlético se replegó en su ya clásico 5-4-1, buscando morder a la contra. Giuliano Simeone, el hijo del Cholo, tuvo la más clara para los rojiblancos al anticiparse a un error de Saliba, regatear a David Raya y quedarse sin ángulo para rematar, desesperando a su padre en la banda como si aquel fuera el último verso de un soneto inconcluso.
El partido avanzaba con la tensión de una cuerda a punto de romperse, con el público gunner agarrado a las butacas y el fantasma del PSG de la temporada pasada sobrevolando las gradas como un mal sueño que nadie quería repetir.
Y entonces, cuando el encuentro se encaminaba irremediablemente al descanso, apareció el verso que cambió la obra para siempre. Corría el minuto 44 cuando Viktor Gyökeres envió un centro al segundo palo; Leandro Trossard controló, disparó con toda su alma y Jan Oblak, el guardián esloveno que tantas veces ha obrado milagros, dio una réplica salvadora... pero el balón quedó suelto, muerto en el área pequeña, y allí estaba él. Bukayo Saka, el chico que entró en la cantera del Arsenal con ocho años, que creció con los Invencibles en la retina pero sin haberlos visto jamás, el mismo que falló un gol cantado en la semifinal de la temporada pasada contra el PSG, llegó más rápido que Le Normand y Ruggeri para empujar el balón a puerta vacía.
Era su decimotercer tanto en Champions League con la camiseta del Arsenal, cuarto máximo goleador histórico del club en la competición, pero ese dato, frío como las estadísticas de Arteta, no reflejaba el temblor. Porque Saka era el capitán. Era el canterano. Era la encarnación de todo aquello que el Arsenal había soñado durante veinte larguísimos años desde aquella noche de París en 2006, cuando Henry y compañía cayeron ante el Barcelona de Ronaldinho.
«Es tan hermoso, te encanta ver lo que significa para nosotros, lo que significa para los aficionados, estamos todos tan felices», balbuceó Saka después, con los ojos todavía brillantes y el brazalete de capitán apretado contra el corazón.
El gol derrumbó el muro del Atlético pero no su espíritu. Los de Simeone salieron en la segunda mitad como quien se lanza al abordaje de un galeón inglés, empujando, achicando al Arsenal contra su propia área, buscando ese alargue que el Cholo reclamaría después en sala de prensa como un derecho legítimo. Alexander Sørloth tuvo en sus botas el empate en el minuto 86, pero su disparo se fue inexplicablemente alto, arrancando un suspiro de alivio al Emirates entero. Arteta metió a Zubimendi para blindar el medio, y los gunners resistieron como resisten los equipos que han aprendido a sufrir: con la defensa menos goleada de la competición, apenas seis tantos encajados en todo el torneo, dos de ellos intrascendentes en la última jornada de la fase de grupos.
Cuando Daniel Siebert pitó el final, el estadio explotó en un rugido que seguramente se escuchó en Highbury, allá donde descansan los fantasmas de Chapman, de Graham, de Wenger. «Muy orgulloso y muy feliz por toda la gente. Llevan mucho tiempo esperando y conseguirlo delante de nuestra gente, como lo hemos hecho hoy, me pone muy feliz», confesó un Arteta emocionado que lideró las celebraciones más salvajes sobre el césped.
El Arsenal volverá a una final de la Copa de Europa el próximo 30 de mayo en Budapest contra el ganador del PSG-Bayern, y lo hará sin haber perdido un solo partido en toda la competición. Enfrente tendrá a una máquina ofensiva de las que quitan el aliento, la misma que el día anterior había firmado un 5-4 de locura, pero los de Arteta se aferrarán a la épica del underdog con la fe de quien ha esperado veinte años para volver a soñar.
En el Emirates, mientras la lluvia seguía cayendo y la grada entonaba cánticos que parecían sacados de una noche de verano isabelina, nadie quería despertar. Bukayo Saka, el chico del barrio, el capitán de 24 años, había escrito el verso más hermoso de una obra que llevaba dos décadas esperando su desenlace feliz. «Es una historia hermosa que esperemos termine bien», dijo el extremo. Y Shakespeare, desde algún rincón del cielo de los poetas, probablemente sonrió.