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Chernóbil, el tiro de gracia de la URSS

“No fue solo una catástrofe, sino el comienzo de una nueva historia”, escribió la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich en su famoso libro ‘Voces de Chernóbil’, cuyos testimonios representan la mejor narración de lo que sucedió en la central energética que, hace 40 años, mantuvo al mundo en vilo y aterrorizado ante un eventual invierno nuclear. Para la URSS, significó un golpe absolutamente devastador. “Después de Chernóbil, algo se quebró en la fe soviética”, añade la periodista. La mala gestión de la energía domada por Robert Oppenheimer en Los Álamos, Nuevo México, ¿le costó la existencia a la Unión Soviética?

El rígido y dictatorial sistema comunista ruso se legitimaba prometiendo competencia técnica, orden y protección social. A cambio pedía de sus ciudadanos una obediencia ciega. Sin embargo, el desastre acontecido el 26 de abril de 1986 expuso una estructura gubernamental mellada y decadente tras décadas de guerra fría. El Kremlin liderado por Mijaíl Gorbachov, que había llegado al poder un año antes del accidente, no pudo contener la caída a pesar de haber apostado por una Rusia aperturista, dispuesta a una reestructuración económica (la perestroika), y a una apertura informativa (la Glasnost), la cual acabó mostrando las vergüenzas de la mala gestión del régimen en Chernóbil.

Sin el accidente no hubiera sucedido, el Gobierno de Gorbachov quizás podría haber intentado llevar a cabo reformas graduales sin perder tanta credibilidad interna tan rápido, pero una vez abiertas las compuertas de la información sobre cómo Moscú manejó la peor crisis nuclear de la historia, el Kremlin soviético se convirtió en un castillo de naipes que expuso todas sus debilidades. La sociedad civil rusa vio en lo acontecido en la central nuclear, en las mentiras del régimen y en su silencio inicial -que, además, se sumaba al silencio impuesto sobre los miles de víctimas rusas en Afganistán, como recuerda Alexiévich en su libro ‘Los muchachos de zinc’- una versión en miniatura de los problemas estructurales del sistema entero.

El considerable número de víctimas también jugó un papel fundamental. En un principio, murieron 2 trabajadores en la noche del accidente y 28 rescatistas y operarios en las semanas siguientes, todos ellos por síndrome agudo de radiación. Sin embargo, en breve se registraron más fallecimientos entre el personal expuesto, cuyas historias y secuelas físicas el régimen no pudo contener y esconder. Asimismo, unas 350.000 personas tuvieron que ser evacuadas o reasentadas, entre las que se detectaron miles de casos de cáncer de tiroides, especialmente en niños y adolescentes expuestos al yodo radiactivo, además de problemas cardiovasculares y estrés postraumático.

La mayor tragedia humana fue para los más de 600.000 liquidadores (bomberos, soldados y trabajadores de limpieza) que participaron en las tareas de contención, muchos de ellos trabajando con unos altos niveles de exposición radioactiva. Por ello, no se debe olvidar que el accidente también demostró que muchos individuos, más allá de las banderas, los Dioses e ideologías, se sacrificaron para salvar a millones. Cosa que no evitó que Chernóbil fuera uno de los últimos clavos del ataúd en el que la aventura Soviética enterró la poca credibilidad y fe en el sistema que le quedaba al ruso de a pie, que sin duda se vio agravada por la grave crisis económica en la que estaba sumido el país, la cual, tras el accidente, se vio incrementada exponencialmente.

La URSS en bancarrota

El peso económico del accidente también fue un tiro de gracia para la muy maltrecha economía rusa. Los costos del accidente nuclear, sumados a los del conflicto en Afganistán y a décadas de Guerra Fría mandaron a la URSS de cabeza hacia la bancarrota. Sin posibilidad de esconder el desastre, como el Kremlin hubiera deseado, el esfuerzo económico para llevar a cabo las tareas de descontaminación y las consiguientes evacuaciones, la atención médica masiva y la reubicación de cientos de miles de personas, supusieron una piedra que el camino de los soviets no pudo sortear.

Después vino la limpieza y la contención del reactor, que necesitó la construcción del sarcófago de cemento, que todavía hoy requiere mantenimiento urgente, así como sigue formando parte del frente de la guerra ruso-ucraniana que se inició en 2014, y que llegó hasta los aledaños de la central tras la invasión ordenada, en 2022, por el actual presidente, Vladimir Putin. A todo ello, hubo que sumarle la pérdida de miles de hectáreas de tierras agrícolas muy fértiles y de diversas zonas industriales de Ucrania, hacia quien Moscú, durante todo el proceso, mostró muy poca humanidad tras, por ejemplo, mantener el desfile del 1 de mayo de 1986 en Kiev cuando el Kremlin sabía que existía un obvio riesgo radiológico para la población.

De esta manera, tanto Ucrania como Bielorrusia, que fueron las zonas más afectadas por el accidente, entendieron que Moscú no había tenido problemas en sacrificar a sus repúblicas periféricas, además de haberles ocultando información vital para su propia existencia. Tamaña traición acabó avivando los nacionalismos locales que, desde la época de Iósif Stalin, habían sido suprimidos a base de represión, gulag y muerte. Una vez estos despertaron de su letargo, la indignación generada por Chernóbil fortaleció los movimientos cívicos y nacionales que, en 1991, llevarían a Kiev y Minsk a la independencia.

Si Chernóbil no hubiese sucedido, ¿hoy existiría una versión continuista de la Unión Soviética? Puede ser, pero lo cierto es que el colapso de la URSS tuvo su verdadero origen en una combinación de factores relacionados con la baja productividad crónica, la pésima y rígida economía planificada, el gasto militar elevado e insostenible, la guerra en Afganistán, la caída de los ingresos energéticos, las tensiones étnicas y nacionales, y la eterna rivalidad con Estados Unidos.

No obstante, en 2006, Gorbachov confesó que “la crisis fue la verdadera causa del colapso de la Unión Soviética”. El tiro de gracia que se produjo no por el accidente en sí, sino porque la mala gestión del desastre hizo estallar las conciencias suprimidas, robadas y vigilada de los rusos. “Nos enseñaron a creer. Chernóbil nos enseñó a dudar”, indica Alexiévich. Por eso, “primero vino Chernóbil y luego vino el colapso”, sentencia la escritora bielorrusa. El 40º aniversario del accidente sigue siendo una advertencia sobre el precio de la negligencia, del secretismo estatal y de la arrogancia tecnológica.

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