Alberto Ísola: “El teatro te da la oportunidad de escuchar a la otra persona, no solo oírla, sino también entenderla”
Una mujer mayor empieza a repasar su vida. En este ejercicio de memoria salen a flote luces y sombras; logros y derrotas; siempre partiendo de su condición de actriz que quiso ser y no pudo ser. Este es el sencillo punto de partida (pero poderoso en su desarrollo) que le sirvió a la escritora francesa Yasmina Reza para escribir en el 2021 el monólogo Anne-Marie la Bella. Este monólogo llamó la atención del reconocido actor, director y profesor de teatro Alberto Ísola, quien bajo el título Ana María la bella lo viene presentando en el auditorio del Cine Lumière de la Alianza Francesa de Lima, con la impresionante actuación de Attilia Boschetti. Sobre esta obra, el teatro peruano y el Perú de los últimos tiempos, La República conversó con Alberto Ísola.
-En su aparente sencillez, Ana María la bella genera muchas sensaciones encontradas.
-Lo que más me gustó de la obra fueron sus contrastes. La obra de Yasmina Reza la italianizamos, ya que estaba ambientada en Francia, y porque Attilia Boschetti y yo tenemos raíces italianas. Además, es una obra que está muy vinculada al teatro. Este es un personaje que es todo lo contrario de lo que pensamos de los personajes de teatro, con personas vencedoras y vidas logradas.
-No siempre se encuentran actores/actrices que calcen con los personajes. Aquí en Ana María la bella parece que todo calzó.
-Attilia ha hecho suyo el personaje. Se suele decir que cuando se pasa de los 70, los actores tenemos muchísimos personajes que hacer, pero las actrices no. No deja de ser interesante que una actriz mayor tenga un personaje de estas dimensiones. Me llamó la atención esta idea de ser alguien de reparto en todo el sentido de la palabra, tanto en la vida como en el teatro. El personaje toma el escenario para que pueda hablar de su vida. En todo momento, Attilia está dirigiéndose al público.
-Eso marca una cercanía. Lo que cuenta Attilia puede ser igualmente la vida de cualquiera, con altas y bajas.
-Yo tengo 73 años, y estoy en un momento de la vida en donde te preguntas muchas cosas, y no solamente sobre el teatro. Una de las cosas que me gustan de Yasmina Reza es que no es muy sentimental. El personaje nos habla de su relación con su madre, con su amiga, que es entre comillas la exitosa y todo lo que eso trae consigo. Puede parecer un cliché, pero todas las grandes preguntas tienen un cliché y aquí nos preguntamos cuál es el sentido de la vida, a qué aspira el teatro. Antonin Artaud decía que el teatro es su doble y el doble es la vida, y eso me parece muy verdadero.
-Sin salirnos del tema del teatro, me gustaría saber cómo ves al Perú en estos momentos.
-Estamos en un momento de mucha incertidumbre y confusión. Pero también me pregunto cuándo el Perú no ha estado así. El teatro siempre me ha parecido importante, no solo por el contenido de las obras, porque a veces son obras que aparentemente no se refieren a lo que está pasando afuera. Pero me fascina la idea de un grupo de personas que se reúnen para crear algo y que a la vez lo compartan con otros grupos de personas en un momento donde no nos escuchamos y donde todo se crispa. Yo no creo que el teatro solucione eso, pero sí creo que ayuda. El teatro peruano está pasando por un muy buen momento pese a la situación del país. El teatro se estrella contra eso también. Aún no logramos que interese a la mayoría, que es muy difícil. En estos momentos yo veo al teatro como un espacio de salud en el sentido más completo de la palabra.
-En tu trayectoria, ¿has visto tanta censura al arte como en estos últimos años?
-Sí ha habido censura. Yo no la he sentido de manera personal. Pero sí he visto lo que pasó con La cautiva, que fue serio; con obras melifluas como María Maricón; o lo que está pasando ahora con el Ministerio de Cultura, que no te da el permiso que necesitas para no pagar el 18% del IGV. De alguna manera, eso es una censura. Yo he enfrentado momentos difíciles, como la época de Sendero. Además, me acuerdo de que, en el 2003, el ministro de Economía de Toledo decidió levantar esa exoneración del IGV. Eso condenaba virtualmente al teatro independiente a la muerte. Ante eso, varias personas vinculadas al teatro realizamos una representación de un fusilamiento en la plaza de Armas, que pudo ser un fusilamiento de verdad porque los policías se pusieron nerviosos. Finalmente, conseguimos que eso no sucediera. Lo que me molestó más era que el ministro creía que quitándole esa exoneración a las artes vivas iba a aumentar el presupuesto nacional. Creo que la peor censura es la censura indirecta que estamos viendo. Este tipo de censura te podría llevar a la autocensura, que eso sí es lo peor.
-¿Es un panorama desalentador para hacer teatro?
-En los últimos años me he dedicado más a la enseñanza que a la actuación, pero todos los días enseño teatro y lo que me alegra es ver el ímpetu de los jóvenes por hacer teatro sin importar las dificultades. El teatro te permite ver, claro, a pequeña escala, lo que la gente puede hacer cuando trabaja de manera conjunta.
-Los buenos momentos vienen acompañados de rescates. ¿Qué obra del teatro peruano te gustaría que se rescate?
-Pienso en una obra que quiero hacer desde hace mucho tiempo y que por la pandemia no pude hacer. Es Colacho Hermanos de César Vallejo. Es una sátira política, con un humor feroz. Claro, cuando ves la imagen icónica de Vallejo, no te podrías imaginar que fuera alguien que contara chistes. Creo que hay que fijarnos más en el teatro que escribió Vallejo; fue un excelente dramaturgo, tenía un gran sentido de la teatralidad. Para mí, es una obra fundamental.
-Hace un momento hablaste del trabajo conjunto en el teatro. Cuando se habla de tu trabajo, se piensa en una individualidad, no en lo colectivo.
-Yo vengo de la experiencia colectiva. Cuando regresé de estudiar en Europa, volví al Teatro de la Universidad Católica, el TUC. Con Jorge Guerra y Luis Peirano formamos el grupo Ensayo. Tuvimos una actividad de aproximadamente 10 años. Todos bebimos de la misma experiencia. Mantenerse en grupo es un gran esfuerzo. Pienso en Yuyachkani, que además de ser un grupo importantísimo y grandísimo, es fruto de un esfuerzo. Yuyachkani ha tenido una importancia enorme en mi vida. Somos de la misma generación. Recuerdo el teatro que hacían en el centro de Lima. No solamente fueron los mejores, sino también los más importantes. Ahora yo soy freelance, pero la idea de trabajar en conjunto siempre ha sido parte de mi trabajo.
-Volviendo a Ana María la bella. La obra conecta con el público; lo comento porque es una obra con elementos muy sencillos.
-El teatro es uno de los pocos espacios en donde se enfatiza la posibilidad de escucharse. No estoy en contra de la tecnología, pero necesitamos estar más en contacto con las cosas reales. Escuchar y ver al otro, o verte reflejado en un personaje, es una experiencia que ofrece el teatro. Me alegra que Attilia lo haya conseguido. El teatro tiene muchas cosas reveladoras. Cuando se abre el telón y estás en el escenario es una cosa, pero lo aterrador es cuando entras. No sabes lo que va a pasar en una función y sientes una carga de adrenalina. Uno no sabe lo que va a pasar durante una obra de teatro; puede haber un temblor, algún espectador puede ponerse mal, que he visto que ha pasado. Grotowski decía que la energía nerviosa que desgasta a un actor es equivalente a un shock. Es una experiencia que te puede aterrar, pero que también te da una euforia. Es fascinante. Es cierto que hoy el mundo no está nada bien, pero nunca he visto la necesidad de hacer teatro como ahora. Hoy en día, para mí, el teatro es muy importante. El teatro te da la oportunidad de escuchar a la otra persona, no solo oírla, sino también entenderla.