La "situationship" de Sánchez y Abascal (o por qué Feijóo es el único que no gana en el debate migratorio)
No hace falta ser el más espabilado de la clase para darse cuenta de que en España hay mucha gente sumida en un profundo malestar. Los problemas nacionales y los internacionales han confabulado macabramente para crear un clima difícil. Si no es por lo de la vivienda, es porque no sabes cuándo te bajarás de ese tren en el que vas, o porque el trabajo no te paga lo suficiente para lo que cuestan las cosas... A uno se le atraganta la comida directamente en el súper, al pagarla, ya no hace falta ni sentarse a la mesa.
"España no funciona", certificó hace unos meses Felipe González. "España no funciona", coincidió el pasado miércoles, en la sesión de control al Gobierno, Alberto Núñez Feijóo. Pues eso.
A todos esos problemas se está sumando ahora el de la inmigración. El momento es llamativo, porque la preocupación por la inmigración es pendular, va y viene según contextos concretos. Por ejemplo, siempre crece en verano, cuando aumentan las llegadas por vía marítima y las administraciones notan la presión migratoria. Crece también cuando hay eventos como el que sucedió el año pasado en Torre Pacheco, cuando un joven de origen magrebí le dio una paliza a un anciano.
Ahora, sin embargo, no está sucediendo nada de eso. Y aun así la preocupación despunta y ya es, según el barómetro del CIS publicado esta misma semana, el cuarto mayor problema para los españoles. El 15,8% de los ciudadanos lo menciona como tal. Eso sí, sólo el 7,7% de ellos, menos de la mitad, asegura que le afecta personalmente. Es decir, preocupa aunque no afecta. Entonces... ¿a qué se debe ese repunte? Pues a que se ha colado de lleno en el debate político.
Tanto el PSOE (desde el Gobierno) como Vox están azuzando el debate migratorio desde hace semanas. Ya sea regularizando a inmigrantes o exigiendo incluir la "prioridad nacional" en los pactos autonómicos, ambos se han dado cuenta de que salen mutuamente beneficiados. Parece una "situationship" en toda regla, una relación romántica sin etiquetas. Porque, al final, Pedro Sánchez y Santiago Abascal comparten el mismo objetivo: sumar puntos a su favor y, de paso, ahogar al PP, el único que sale mal parado por reivindicar la virtud aristotélica del punto medio. Entre dos trincheras, la llamada tierra de nadie siempre es el espacio más peligroso.
Entre los socios de izquierda del PSOE está resultando muy llamativa la actitud que mantiene Sánchez ante la regularización. Recuerdan, aunque en voz baja porque ellos también salen beneficiados de esta dicotomía, como los socialistas estuvieron bloqueando durante casi dos años la regularización de medio millón de migrantes que llegó al Congreso en forma de ILP.
Ante la falta de mayorías para poder sacarla adelante, tanto Sumar como Podemos pedían al Gobierno que lo hiciera por decreto, igual que ya lo había hecho José Luis Rodríguez Zapatero. Pero la respuesta que les trasladaban los socialistas era siempre la misma: no se puede, no hay vías jurídicas para hacerlo. Sin embargo, el presidente tiene el verbo retráctil e hizo posible lo imposible y, en una cesión a Podemos para recomponer el bloque de investidura, acabó aceptando la regularización por decreto. "Ahora se comporta como si la idea fuera suya", observa un diputado de Sumar.
Además, Sánchez ha jugado con los tiempos para que la regularización coincida con los pactos autonómicos entre PP y Vox, cuyo calendario era más o menos previsible por su interés en no ir a una repetición electoral que podría perjudicar a ambos. En Moncloa, algunos creen que la letra pequeña de esos pactos moviliza a una parte de la izquierda que los considera regresivos. Ya le sacaron partido el 23-J, cuando hicieron coincidir la campaña electoral con esos pactos, y la oportunidad se les ha vuelto a presentar de forma orgánica.
Y mientras el PSOE intenta movilizar a los suyos, Vox trata de crecer y sólo puede hacerlo a costa del electorado del PP. Por eso Abascal le facilita gobiernos autonómicos y, al mismo tiempo, busca desgastarle con debates identitarios, donde han detectado que suelen salir ganando porque el PP, que aspira a conquistar el centro, no puede ir tan lejos como van ellos.
De ahí viene todo el revuelo que se ha generado esta semana con la "prioridad nacional". En Vox son conscientes de que lo que plantean es un disparo al aire, algo irrealizable porque, entre otras cosas, ni siquiera tiene encaje en la Constitución. Pero da igual, se han esforzado al máximo en ofrecer la imagen de que ellos son los únicos que ponen por delante a los españoles, con un mensaje sencillo y que cala. En el PP intentan argumentar que es un concepto filosófico más que tangible, pero desde que terminó el siglo XX los conceptos filosóficos no casan bien con los mítines políticos. Ahora, si la explicación no cabe en un vídeo de TikTok, mal vamos.