Hay veces que las efemérides se enredan y cuesta sacarlas del cesto una a una, como si fueran cerezas. El año 1956 vivió uno de esos periodos en que la visita del dictador Franco a la Feria de Abril sirvió para airear las realizaciones del régimen: la barriada de Coca de la Piñera (llamada así en honor del gobernador civil Fernando Coca), el recrecido del pantano de la Minilla y los astilleros fluviales de la empresa nacional Elcano, dentro del conglomerado del Instituto Nacional de Industria (INI). Esa fue la cita más importante, aunque Franco y su mujer, Carmen Polo, habían pasado la semana de Feria en Sevilla, a donde habían llegado el 16 de abril con recibimiento apoteósico y entrada en la Catedral con Bueno Monreal de administrador apostólico, una vez apartado el cardenal Segura, auténtica 'bête noire' del general. La mujer del Caudillo y sus nietas habían paseado varios días por el real del Prado de San Sebastián. El lunes de resaca -aunque todavía no se hubiera inventado esa denominación-, Franco acudió a los astilleros para su inauguración oficial con la botadura del frutero 'Torres de Cuarte'. A las doce en punto del mediodía del 23 de abril de 1956, Franco hacía su aparición en la factoría naval, cuyas instalaciones recorrió detenidamente después de que le rindiera honores una compañía de Infantería y el cañonero 'Vasco Núñez de Balboa' disparara las salvas reglamentarias. Seguidamente, la esposa del dictador actuó de madrina de la botadura del primer buque construido en el astillero sevillano, un frutero de 5.500 toneladas (3.300 de peso muerto) con 105 metros de eslora, 15 de manga y 9 de puntal. La madrina estampó una botella de jerez contra la proa del barco, «iniciándose en ese momento solemne el deslizamiento feliz y limpísimo del buque al tiempo que todos los presentes aplaudían y las sirenas de los astilleros y de las embarcaciones surtas en él o en sus cercanías dejaban oír sus gozosos e insistentes pitidos». Luego vino la copa de vino, por supuesto español, y el almuerzo oficial. A los postres sirvieron, bien aderezados, largos ditirambos y enormes elogios enmerengados. Primero del presidente del INI, Pablo Suanzes, y en respuesta, del propio Franco. Fue quizá el discurso más entusiastamente 'sevillano' que se recuerda del dictador. Dejó para las hemerotecas esta perla: «Sevilla no se ha apercibido, ni siquiera los más entusiastas sevillanos, de que su capital está llamada a ser un emporio de riqueza, seguramente de los más importantes de Europa occidental. La naturaleza la dotó de todos los dones, y sin embargo, Sevilla vivía dormida desde hacía algunas generaciones, de espaldas a sus tradiciones marineras, cuando construía barcos y armaba escuadras, para acabar mirándose sólo en su hermosa y rica campiña [...] Esto demanda imperiosamente una industrialización, necesita que el espíritu industrial nazca y surja en esta comarca. [...] Yo espero que estos astilleros el jalón fuerte que abra a la industrialización las tierras sevillanas». Han pasado setenta años de estas encomiásticas frases. Los astilleros dejaron de funcionar como tales en 2011 y Franco reposa en el cementerio de El Pardo-Mingorrubio. Queda a juicio del lector si además de anhelantes, aquellas palabras de 1956 resultaron o no premonitorias.