Sánchez y Abascal
Vox tiene que cerrar las hemorragias que le están produciendo tres heridas que se le han acumulado, las purgas internas, el varapalo en Castilla y León y la caída de Viktor Orbán en Hungría. Para ello, Abascal ha pegado un volantazo en Extremadura, pactando con María Guardiola pese a haber afirmado lo contrario durante meses.
Los problemas internos crecen, la dirección de Vox ha quedado reducida a un pequeño circulo de confianza de Abascal, que no duda en aplicar el puño de hierro a la mínima discrepancia interna.
La expulsión de Ortega Smith en Madrid y de José Ángel Antelo en Murcia, han puesto la guinda a una cadena de exclusiones que se inició hace años con Macarena Olona, Rocío Monasterio e Iván Espinosa de los Monteros.
Los críticos denuncian el enriquecimiento de algunos miembros de la cúpula y las informaciones sobre presunta financiación irregular de la organización proliferan cada vez más. Entre lo uno y lo otro, Vox se ha fracturado y lo ha acusado electoralmente en Castilla y León.
No es la única causa de su estancamiento. Después de las elecciones en Extremadura y Aragón, la negativa de Abascal a facilitar la investidura de los líderes populares era rotunda, pero, después de pincharse el globo de las expectativas en el último proceso electoral, el particular «No es no» de Abascal giró bruscamente hacia un inicio de negociaciones que ha dado lugar a un acuerdo de gobierno.
Por si fuera poco, los abrazos de la extrema derecha europea a Donald Trump han costado caro a sus protagonistas. El norteamericano se va por el desagüe en los sondeos de EEUU, de la misma manera que sus socios europeos han empezado a acusar el golpe y han comenzado a tomar distancias, e incluso, posiciones contrarias, como es el caso de Meloni.
Abascal, más lento de reflejos que la italiana o sus homólogos alemanes, se ha quedado enganchado a Trump y, con la caída de Orbán, solo y sin financiación. El miedo a que los críticos aprovechasen la coyuntura para forzar un congreso extraordinario, y a perder posiciones en mayo en Andalucía, ha contribuido a acelerar el acuerdo extremeño al que, previsiblemente, le seguirán en Aragón y en Castilla y León.
En cualquier caso, la situación de Vox es complicada. Mantenerse como un outsider de la política tiene un recorrido de corto plazo porque los electores pueden expresar un voto de protesta a través de estos partidos, como hizo el 15 M con Podemos, pero, una vez han castigado a los partidos clásicos, exigen soluciones a sus problemas desde los gobiernos.
Gobernar con el PP tampoco les abona un futuro prometedor. La experiencia en nuestra democracia demuestra que, en los gobiernos de coalición, el partido mayoritario capitaliza los éxitos en tanto que los errores se los reparten a medias.
El sueño de sorpasso a Feijóo queda lejos, como quedaron enterrados en el año 2015 los de Pablo Iglesias. La crisis interna, la institucional y la internacional que sufre Vox se los lleva por delante.
Eso no significa que Abascal vaya a tirar la toalla. Probablemente contará con la inestimable ayuda de Pedro Sánchez, que les dará algún filón que explotar, que incomode al PP y que les permita confrontar directamente con el PSOE.
El socialista también aprovechará los gobiernos de coalición para movilizar al electorado de izquierdas, como ocurrió en el año 2023, un año después del acuerdo que firmó Juanma Moreno en Andalucía. Pero las circunstancias son muy diferentes, Vox ya no produce miedo y el desgaste de Sánchez es tremendo.
El último informe de la UCO señala directamente a Francina Armengol, tercera autoridad del Estado, y deja bajo sospecha a Víctor Ángel Torres.
Todo esto sumado a los procesamientos de Ábalos, Koldo y Cerdán, a la condena del ex fiscal general del Estado y al probable procesamiento de Begoña Gómez, queda un panorama electoral para el PSOE catastrófico, que los resultados en Andalucía anticiparán.
Es probable que Sánchez acapare el voto que ideológicamente está a la izquierda del PSOE, pero, como mucho, le va a servir para estar en torno a los 100 diputados. Lo único que falta por saberse es cuántos candidatos socialistas van a resistir el tsunami que se avecina.
Abascal y Sánchez se han retroalimentado durante los últimos años, han crecido con la confrontación directa y la polarización del sistema, sería paradójico que ambos cayeran a la vez, aunque sea con diferentes velocidades.