Además de poeta, Alfonso Martínez Galilea (Logroño, 1959) es editor, traductor y librero, facetas que, nos confiesa, se alimentan unas a otras. Pero sobre todo subraya que «la poesía es algo más que una afición» . Sin duda, esto se aprecia con creces en el logrado volumen que ahora publica, cuya gestación y claves comparte con los lectores de ABC. El libro se presenta el sábado 18 de abril en el Círculo de la Amistad, en Logroño, a las 13.00 horas, con la participación de José Ignacio Foronda y el autor. —En 'Puertos de paso' reúne su poesía desde 1978 a 2015. ¿Cómo se gestó el proyecto? —Fue realmente una invitación del poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo , con quien mantengo una buena amistad desde hace veinte años. Y que dirige la colección Otramina de la editorial universitaria EAFIT en Medellín, Colombia. Darío me pidió una selección de mi poesía y yo compuse al efecto el libro. —¿Ha realizado una selección? ¿Con qué criterio? —Efectivamente, se trata de una selección, que trata de recorrer las diferentes direcciones por las que se ha movido mi poesía a lo largo de casi cincuenta años, con paradas en las parcelas más significativas de esa producción, los 'puertos de paso' a que alude el título. —¿Ha llevado a cabo una revisión, modificando algunos? —Sí, he releído minuciosamente mis versos y en no pocos casos he realizado alguna corrección, pero debo señalar que en general de poca importancia. También he aceptado algunas sugerencias de la editora de EAFIT, Carmiña Cadavid, gran lectora y muy precisa correctora. —¿Ha tenido que dejar alguno fuera que le habría gustado incluir? —No. De hecho sospecho que el libro tiene una extensión excesiva. Los libros de poesía, pienso yo, deben ser cortos. Solo el afán de disponer de un 'volumen' determinado de páginas, reclamo común entre los editores, mueve a los autores a colmar los libros de relleno. Por mi parte, pienso que, de haber dispuesto de más tiempo, es posible que lo hubiera recortado aún más. —Aborda muchos asuntos, por ejemplo, el inclemente paso del tiempo, la inevitable llegada de la muerte «Y acompañándonos va plácida la muerte / nuestra mejor amiga», «Viene la muerte con su rostro de animal que espera», ¿destacaría algunos? —El tiempo es la materia misma de la poesía, y la idea de la muerte una de sus expresiones más visibles. En cierto sentido, escribimos poesía para dar cuenta del tiempo y para combatir a la muerte, aunque ambos propósitos tengan mucho de irrealizable. —A pesar de una cierta tristeza y desolación que impregna sus versos, también hay luminosidad que da cuenta de la multiplicidad de la vida… —La vida es de una variedad inagotable, es obvio. Vivimos a menudo presos en un permanente asombro ante esa cornucopia de la que brotan tristezas, alegrías, miedos y dicha sin orden ni concierto… Y ese desorden es la expresión más fiel de lo que la vida nos ofrece. Pero no quisiera desbarrar por caminos de pseudofilosofía. A pesar de todos sus malos momentos, la vida es muy hermosa. —¿Se atrevería a recomendar en especial alguno/algunos de los poemas que incluye el volumen? —No, me parece que cada poema tiene su tiempo y su lector… —Su poesía es muy intensa y nos llega a lo más profundo del alma sin necesidad de desparrames y desmesura… —Vaya, le agradezco eso que dice. La mía es una poesía de la expresión y de la intimidad, y eso de 'llegar al alma' de alguien me parece completamente asombroso, y perfectamente improbable, también. —¿Cree que la poesía, como señaló Juan Ramón Jiménez, se dirige «a la inmensa minoría»? —No, no lo creo. Creo que algunos poetas, y Juan Ramón es un caso claro, pueden llegar a muchísimos lectores. Hay otros, ciertamente, cuya dimensión está mucho más circunscrita, pero unos y otros llegan a donde su trabajo les permite llegar, mayoría o minoría, según el caso… —¿Cómo ve la actual situación de la poesía en España? —Muy bien. Lo cierto es que en los últimos años he seguido menos el curso de la sucesión generacional y estoy menos al tanto que antaño de los nuevos autores. Pero, por poner un ejemplo, en Logroño, que es la ciudad donde vivo, recientemente ha aparecido un grupo, 'los laristas', de muchísimo interés. Lo que resulta, por decirlo así, milagroso. —¿Tiene usted algunos poetas, o escritores en general, predilectos? —Sí, y son muchos para enumerarlos. Pero apuntaré unos cuantos: Juan Ramón, los dos Machado, Luis Cernuda. Y entre los de las generaciones anteriores a la mía, Jon Juaristi, Luis Alberto de Cuenca, Miguel Sánchez-Ostiz, Lorenzo Martín del Burgo, Andrés Trapiello… Omito a los autores de mi tierra porque la enumeración seria inacabable, pero debo subrayar que tienen tanta o mayor importancia en mi formación que los citados. —Usted es poeta, traductor, editor y librero. ¿Cómo las combina? ¿Se siente especialmente cómodo en alguna de esas facetas? —En todas ellas, la verdad. Unas alimentan a las otras. Entre las aficiones tardías, la de la traducción se ha revelado como de una importancia capital, también para el ejercicio de la escritura. Ser editor y librero viene muy bien para estar al tanto de la vida literaria. Y, en fin, la poesía es algo más que una afición.