Ya nos habíamos acostumbrado a esas pseudofelicitaciones de Navidad con frases grandilocuentes de afamados literatos o que recuperan el solsticio de invierno para deleite de progres y alternativos. La vida es así y la Navidad inocula su catecismo con recursos, a veces, sorprendentes. Dios escribe con renglones torcidos y, al final, el nacimiento del Niño logra lo que siempre buscó, una tregua, un poco de paz. Me imagino a Roberta Metsola en el mes de noviembre ante el muestrario de mensajes con las que el Parlamento Europeo podría felicitarnos esta Navidad. Seguro que fueron muchas las opciones y que diseñadores y creadores de contenido ofrecieron todo lo que de sus privilegiadas cabezas podía brotar. Metsola sólo tenía que decir «esa»...
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