Se llamará Candela y no tendrá mis ojos según las leyes de Mendel y un ginecólogo que fuma puros, bebe Machaco y cuida a mi hermana de todo y de las hipocondrias. Candela vendrá casi ya, en lo más crudo del invierno, con el día alargándose y el frío creciendo. Quisiera que sea como la hija que nunca tendré , pero lo que se desea, por norma no escrita, siempre son fallos de sentido común. Llegará tras una pandemia , el mundo en guerra, los enemigos de su patria haciendo la conga y el embalse que ha de darle de beber seco como rocín cervantino. Yo la querré, y el ceño me cambiará. Hasta me volverá la sonrisa. Candela está...
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