Instalaron la unidad de renombramientos al final de aquel edificio de Moncloa, de donde habían desalojado a algunos asesores a los que se les reprochó su exceso de celo en el papel de palmeros. En el despacho, mezclaron a una socióloga, un creativo de publicidad, una periodista y un filólogo. Paridad. Tenían el encargo de encontrar más palabras para describir de manera contundente fenómenos sociales y laborales , ponerlos en la agenda mediática y ayudar a su solución. Bueno, eso era sobre el papel pero, en realidad, era una estrategia para acusar de machista y de fascista a todo el que no compartiera la nueva nomenclatura. Aunque también tenían el encargo de encontrar nuevos descalificativos. La idea venía avalada supuestamente...
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