En la penúltima jornada de la feria, el encierro de los toros de Victoriano del Río ha sido veloz (2'14), limpio, emocionante. No ha habido cornadas pero sí, cinco contusionados. Por la tarde, esos toros dan un gran juego, con vuelta al ruedo al segundo. Salen a hombros Perera y Roca Rey, corta un trofeo Ureña. Miguel Ángel Perera no tiene el tirón popular que su biografía merece pero su rotundo dominio de los toros es indiscutible. Por eso mismo, precisa de modo especial torear reses encastadas, para que luzca su mando. Miden el castigo al primero, que humilla bien. Lidia con suavidad Curro Javier, banderillea con riesgo Juan Sierra. Comienza Perera con siete muletazos de rodillas, en tablas, algo poco frecuente en su sobrio estilo; liga pases mandones, de mano baja, a un toro que embiste de categoría; concluye con su habitual encimismo y mata con decisión: justa oreja de Bocinero, un gran toro. El cuarto no es Dulce sino bravo y noble, pero sale de los muletazos algo distraído. Cuando Perera lo somete por bajo, se entrega. Lo mejor, los templados naturales pero ha de recurrir también a sacarlo por la espalda y a unas insulsas manoletinas para que el público entre de verdad en la faena. Agarra una buena estocada: nueva oreja y puerta grande. MÁS INFORMACIÓN noticia Si El VAR del tendido: la primera vez en el volcán de pasiones de San Fermín A pocos toreros –si es que a alguno– les ha perjudicado tanto el parón de la pandemia como a Paco Ureña. Venía de una tarde de triunfo histórico en Bilbao, cortó nada menos que cuatro orejas, pero llegó el parón: algunos públicos y empresarios lo olvidaron. Quiso compensarlo matando seis toros en San Isidro pero la apuesta, no bien planteada, salió regular. Con expresión melancólica, sigue su camino, toreando con pureza. El segundo, Enamorado, sale suelto, mejora en el caballo pero embiste con sosería. Ureña traza buenos naturales pero el eco es escaso y un desarme lo enfría todo. (Recuerdo la canción de Carlos Vives, con el mismo título: «Buscándote en todos lados, / enamorado, dispuesto y apasionado»). No lo ve claro, a la hora de matar. El quinto, con el extraño nombre Michigato, es noble pero se apaga, queda corto. Los bien trazados muletazos de Ureña se aplauden poco. Mata desprendido pero el toro cae rápido y, sorprendentemente, le dan la oreja. Ha tenido el lote menos propicio. Ha vuelto Roca Rey con tanta fuerza o más que antes de su lesión –en Pamplona, precisamente– y de la parada por el Covid. Muy pocas son las tardes y las plazas en las que no triunfa. Nos obliga a repetir las manidas metáforas: 'el rayo que no cesa', como el libro de poemas de Miguel Hernández; la firme roca, el torrente, el huracán… Además de valor frío y dominio, tiene claridad de ideas, sabe en todo momento lo que quiere hacer (igual que El Juli, por ejemplo; a diferencia de lo que ahora le está pasando a Talavante). Para el gran público, supone una garantía de que, salga el toro que salga, le va a emocionar con sus alardes espectaculares, que ponen de pie a los tendidos. Ésa ha sido siempre la clave de los fenómenos taquilleros. El aficionado exigente continúa aceptando sólo a medias la repetición de pases cambiados, rodillazos y efectismos. De momento, con este repertorio le va estupendamente. A medio plazo, si pretende otro tipo de reconocimiento, debería insistir más en la lidia clásica, la verónica y el natural: por lo menos, en algunos cosos (que no son precisamente éste de Pamplona, con el alboroto de las peñas). El tercero, Jaceno, embiste con clase. Comienza Andrés con los muletazos cambiados, tan repetidos. Lo domina, bajándole la mano. Se lo enrosca a la cintura con mérito pero el público reacciona más cuando se lo saca por la espalda: ¿cómo no va a recurrir a esos alardes efectistas? Se ha pasado de faena, entra a matar acelerado y pincha, antes de una estocada baja: oreja y vuelta al ruedo al toro, que ha sido bueno pero no tanto como otros de esta Feria (el primero de esta tarde, sin ir más lejos). Momento de apuro Recibe con suaves lances al último, muy abierto de pitones, cercano ya a los seis años, al que pican poco. Saluda Chacón, en banderillas. Este Ebanista acude con alegría. Lo embarca en la muleta con facilidad pero el toro se raja a tablas. De nuevo, prende la mecha con un cambiado milimétrico; pasa un momento de apuro, en el encimismo. Mata a la segunda, desprendido: oreja. (Sigue matando con decisión pero peor que el año pasado). El festejo ha respondido a las expectativas: nobles toros de Victoriano del Río y puertas grandes de Perera y Roca Rey. Todos contentos. Sólo lamento la falta de criterio, que el público valore más los efectismos, empujando a los toreros a usarlos, y que premie si el toro cae pronto, sea como sea la estocada. Así estamos…