Carmen Conde la vio todas las mañanas durante años desde el balcón de su casa. La anciana iba a misa y después compraba una rosa, solo una, que llevaba a su casa en la mano, con cuidado de no estropearla. La poetisa conocía el secreto de aquella única flor cotidiana. Era un símbolo, el conjuro de belleza con el que Ana Josefa Fernández Ruiz, madre de dos profesoras del Conservatorio de Música de Cartagena, ahuyentaba la fealdad y la tristeza de la vida. La rosa de la anciana trascendió el barrio y la ciudad de Ana Josefa para llegar en ondas de radio a los transistores de toda España en 1967 en la voz de la escritora.
Conde, que aquel...
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