A diferencia de los ciudadanos de la mayoría de las naciones europeas, los españoles pasamos demasiado tiempo y consumimos demasiada energía debatiendo en qué demonios consiste la nuestra. A esta pasión por lo que podríamos llamar el existencialismo político se une el problema de que ciertos grupos a los que el actual Gobierno concede notable influencia no discuten ya sobre qué debe ser España sino que directamente la niegan; es decir, que tal como señalaba con lucidez Diego Garrocho, se oponen a que España sea, a que exista como tal nación y por tanto como espacio de convivencia. Acostumbrados desde la Transición a traficar con su proyecto de ruptura a cambio de privilegios territoriales y prebendas diversas, estos partidos han...
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