Como una Antonida Vasílevna en pleno secuestro emocional, Sánchez siempre dobla la apuesta. A diferencia del personaje de Dostoievski, no se detendrá. Mientras acumula pérdidas, se dice que con una buena mano bastará. Solo hay que arriesgar más en la próxima y jugarlo a una suerte improbable. ¡El Sahara!
Cualquier otro adicto al juego tiene por límite su patrimonio. Una vez arruinado, sin crédito en ningún casino, su pasión se sosiega a la fuerza; una pulsión le empujó a perderlo todo y lo ha logrado. Pero nuestro ludópata no encaja en el perfil porque este juego no tiene reglas, o son tan complejas que nunca llegan a entenderse del todo. Sin embargo, él cree firmemente en su modelo, forjado en la...
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