El nacionalismo, como emoción y como concepto, es profundamente reaccionario. Llevamos años viéndolo en las astracanadas del independentismo catalán, pero pasa igual en todas partes. Ahí tenemos al moderadísimo presidente vasco, que para no ser menos que Aragonès empieza a amagar con su propia mesa de diálogo. Otro que anuncia un problema, «el problema vasco» dice, y para solucionarlo pretende recuperar la soberanía anterior a 1839. O sea, Urkullu nos es partidario del progreso, sino del regreso; como todo nacionalista busca volver a la arcadia feliz. Conviene sujetarse la barriga para contener la risa. Por lo visto, el futuro vasco pasa por retroceder doscientos años, a un momento anterior a la creación del imperio austrohúngaro, que ya es decir, al...
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