El mundo libre y desarrollado dejó pasar hace ahora un año la oportunidad de conmemorar el centenario del invento del minuto de silencio, fenómeno de masas que ha terminado por sustituir al rezo y cuya neutralidad moral -el relativismo de Ratzinger, unido a la relatividad de Einstein; sesenta segundos pueden ser una eternidad, divinamente- lo han convertido en estándar universal del lamento, muy superior, por inmaterial, a la velita, el pósit con frases solidarias, las flores en el suelo y el osito de peluche que, arremolinados, definen el ceremonial trágico de nuestro tiempo. El minuto de silencio, con cien años de historia y un futuro prometedor, vale para cerrar un funeral civil o celebrar el 8-M sin exponerse al contagio...
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