Decía Ramón de la Serna que «el metro es la forma más profunda de la prisa». Llegó como un relámpago de modernidad, allá en 1919, con un trayecto que unía Cuatro Caminos con la Puerta del Sol. Lo que hasta entonces era un paseo en gabán, de tranvía o a caballo, fue a principios del siglo pasado un agujero hacia el futuro, una bajada al submundo de la ciudad que te tragaba en Antón Martin para escupirte en Iglesia, en cinco o diez minutos de trayecto, y con la seguridad de que no te atropellara nadie en la alocada ciudad que era (y es) Madrid. Читать дальше...