La democracia española, joven, ingenua y generosa, fue traicionada desde el minuto uno por el nacionalismo, que pretende ahora, encabezado por el separatismo catalán, y ya sin máscara ninguna, culminar la felonía con la voladura de su Constitución y el desguace de su unidad territorial. Esa es la verdad y esos son los hechos. Pero este, quizás y por desgracia ya de manera irreversible, no es el relato.
La guerra de la historia no la gana sino quien vence en la batalla de la propaganda. Bien lo sabe y lo sufre España desde hace siglos. Y hoy la verdad y los hechos, y no solo en Cataluña, no olvidemos el País Vasco, han sido suplantados y retorcidos hasta ser enterrados...
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