Nada que llevarse a la boca
Continúa la secuencia. El único acuerdo alcanzado entre PSOE y PP queda dinamitado, en un ejercicio de dignidad personal que algún día la justicia, a izquierda y derecha de Manuel Marchena, deberá agradecerle porque desde ayer queda en deuda con él. Con su inopinada renuncia a presidir el CGPJ y el Tribunal Supremo, Marchena ha sentado un precedente de un valor democrático incalculable. Fin de la secuencia.
Todo resulta tan líquido -palabras de Ábalos-, tan volátil y tan endeble en nuestra arquitectura política, que nada parece tener vocación de durabilidad. Todo agoniza al ritmo de un vaivén provisional en el que cada gesto político caduca en cuestión de horas porque nada soporta un escrutinio sensato. A nuestra política le falta perspectiva y le sobra soberbia en su afán partitocrático de creer controlarlo todo a capricho y a distancia. Por eso, en medio de la convulsión permanente, especular con un adelanto electoral carece de sentido porque ni siquiera Sánchez conoce aún cuándo convocará las urnas.
España está aprendiendo a convivir en el alambre de la volatilidad política, en la incertidumbre a corto plazo, y en un relativismo institucional que empieza a ser alarmante cuando, por primera vez, un candidato de consenso a presidir el Poder Judicial se despide prematuramente, harto del injusto manoseo de su figura y trayectoria. Con cierta indolencia y resignación, España se adapta a una democracia ciclotímica y errática, repleta de instituciones disminuidas y con su crédito viciado y bajo mínimos. Con el prestigio del Poder Judicial hecho añicos, con el Legislativo forzando la voluntad real de las urnas, y con el Ejecutivo en permanente pose de selfie con dedo pulgar y morritos, lo «líquido» es lo de menos. Lo de más, que no hay nada sólido que llevarse a la boca.