Dos reinas escandalosas en Versalles
En las pinacotecas europeas abundan los retratos de princesas casaderas intercambiados por las casas reales europeas. El tráfico de princesas para anudar alianzas políticas acarreaba a menudo la infelicidad de estas muchachas tratadas como mera moneda de cambio.
Un caso especialmente desventurado fue el de María Antonia Borbón Lorena, prometida del futuro Fernando VII. En una carta a su familia mostraba la conmoción que le produjo encontrarse con su prometido al que solo conocía por retratos: «Bajo del coche y veo al príncipe. Creí desmayarme. En el retrato que enviaron a Nápoles parecía más bien feo que guapo, pero comparado con el original era un Adonis».
Otro caso conmovedor es el de Margarita de Parma, la hija bastarda que Carlos V tuvo con la flamenca (de Flandes) Juana van der Gheynst. El emperador no volvió a acordarse de ella hasta que, después del saqueo de Roma por las tropas imperiales (1527), se vio en la necesidad de reconciliarse con el agraviado pontífice Clemente VII. Como parte del trato concertó el matrimonio de su bastarda con otro bastardo de la familia del papa, los famosos Médicis. La pobre Margarita, que todavía no había cumplido los catorce años, se vio unida al Alejandro de Médicis, un perturbado sádico que la sometió a toda clase de vejaciones y perversiones sexuales.