Sánchez, oposición de la oposición
Ayer la ministra Batet dio más pistas: la intención del «Gobierno de los decretos» es recuperar los artículos que tumbó al TC a través de leyes orgánicas, hasta que –imaginamos– termine de hilvanar la confusa «nación de naciones», el «federalismo asimétrico» o cualquiera de las disparatadas ocurrencias que desde el zapaterismo ha alumbrado el socialismo. Ayer acusó al PP de alterar «la convivencia de los pueblos de España». Este concepto es nuevo. Ya se ha olvidado Sánchez de reformar la financiación autonómica, que tan urgente le parecía, lo que ha puesto de uñas a las regiones gobernadas por su partido. Por ahora, y al margen de los famosos gestos, el «Gobierno bonito» no es más que una enciclopedia de renuncias de todo aquello sobre lo que tan indignado pontificaba el PSOE desde la oposición. Ni derogación de la reforma laboral, ni ampliación del permiso de paternidad, ni nueva financiación autonómica... Más aún, parece encantado con unos presupuestos que denostaba por «antisociales».
Sánchez no ha tardado en demoler todo su discurso político previo a la moción de censura. De hecho, incluso se ha olvidado de promesas realizadas en la sesión de la que salió presidente. Anteayer anunció que no respetará su compromiso de convocar elecciones, registrado en el Diario de Sesiones, y que piensa agotar una legislatura en la que ni siquiera es diputado. Ha optado por el ruido y una acción política sentimentalista que le permita ir salvando el día a a día, por sobrevivir provocando mucho ruido en la sociedad con la memoria histórica, la inmigración y lo malo que es el PP. Convertirse en «oposición de la oposición» confirma que a día de hoy no está preparado ni tiene posibilidad de dedicarse a arreglar los problemas de los ciudadanos. Su mandato no es un proyecto para España, sino personal.