No son los de Astorga
¿Qué pasaría si Rajoy se lanzase a pisotear las leyes con alevosía y tesón, y cuando la justicia lo cercase, se evadiese de madrugada en un coche conducido por dos guardias y se refugiase en Bélgica, montando una opereta bufa para proclamarse «presidente de España en el exilio»? Un astracán así es inimaginable. ¿Qué sucedería si el prófugo Mariano designase vía satélite como sucesor a un testaferro que resulta ser un sectario, un racista y un xenófobo? En España ardería Troya. La prensa y las televisiones denunciarían sin parar el esperpento. La opinión pública española no toleraría a un mandatario supremacista y neofascista (que es lo que es Torra). ¿Qué ocurriría si los diputados del PP, en solidaridad con su presidente en el exilio Rajoy, decidiesen lucir lazos amarillos para distinguir a los buenos españoles de los felones y cipayos? Pues lógicamente la opinión pública española se escandalizaría; lamentaría que desde las estrellas de David del nazismo no se había visto una estigmatización social similar. El invento no duraría una semana.
El problema es que una mayoría de los catalanes no asumen que el folclórico caos que tanto daña a su comunidad no lo han creado los de Astorga, ni los de Bollullos del Condado (Huelva), ni tampoco el pérfido y fachoso Gobierno de Madrit. El problema que ha privado a Cataluña de tres mil empresas, que la ha convertido en un destino temido por el capital y que ha transformado su sociedad en un hervidero de odios, ese enorme carajal, artificial e innecesario, es una creación exclusiva de los propios catalanes, aunque sea políticamente incorrecto decirlo. Y son también ellos los que deberían defender de una vez su hacienda y dignidad, poniéndose en pie y advirtiendo que no quieren un presidente racista, ni un circo de dos pistas que se dirige vía Skype desde Berlín, ni un Ejecutivo frentista y surrealista, que ofende al sentido común asignando la gestión a consejeros prófugos y presos.
Pero hacer autocrítica y propósito de enmienda es laborioso y escuece. Resulta más cómodo el dulce victimismo, la hipérbole identitaria y eludir responsabilidades culpando al vecino de los estropicios propios. Mientras ese 40% que apoya el delirio de Torra no se apee de la burra, la extraordinaria Cataluña no volverá a ser lo que fue y debería ser.