Los médicos están locos, locos, locos
No, no, no no, no, no no, no no, no, no no no no, cantaba Paracelso sobre la cama como si no hubiera campana. Estaba contento y siempre que sentía ese calor, esa euforia, corría a la cama y empezaba a cantar no, no, no, no, como si no hubiese campana. Acababa de tener una de esas ideas brillantes que crees que te elevan dos palmos del suelo. Había vislumbrado un remedio sencillo para tratar la sífilis y el bocio. Hacía mucho tiempo que le daba vueltas y ahora estaba simplemente eufórico.
Sin embargo, Paracelso era un hombre en general taciturno y colérico y no le gustaba la alegría. Desconfiaba de ella, y tenía sus motivos. A los dos años, en el ya lejano 1495, mientras jugaba, igual de feliz, con un cerdo, el animal no entendió tanto entusiasmo y de un mordisco le dejó eunuco. Gritó y gritó, pero eran las doce de un domingo y el tañido de las campanas no dejaron que nadie le escuchase. Su humor se enegreció tanto que hasta se le oscureció la piel. Ahora, lo único que podía hacer para refrenar sus fiebres de excitación era cantar no no no no no como si no hubiese campana.
La figura de Paracelso es una de las más enigmáticas y fascinantes del mundo de la medicina, la alquimia y el esoterismo. Su vida está plagada de grandes descubrimientos, como la definición de líquido sinovial o la primera certificación de la existencia de «enfermedades laborales». Además, fue el primero en definir el zinc y se rumoreaba que había logrado la ansiada transmutación de los metales Su colérico carácter le enfrentó con muchos de sus contemporáneos, que querían ridiculizarlo llamándolo mago, pero fue el primero en reclamar la cirugía como un arte esencial de la medicina y no como un trabajo de barberos, como se definía entonces.
Sus libros son tan fascinantes hoy como lo eran en el siglo XV. Sólo hay que ojear sus «Textos esenciales» (Siruela), con prólogo de Carl Gustav Jung o su «Botánica oculta» (Publisamo) para descubrir palabras cuyo eco no decrece, sino que crece, abre estructuras y te permite ver que, en la aparente poética de la exaltación de la locura, hay secretos que merecen la pena ser descubiertos. Quizá nadie salvará una vida leyendo sus libros, pero abrirá la imaginación tanto como para salvarlas todas.
La historia de la medicina está plagada de estos fascinantes personajes, a medio camino de las ciencias ocultas, el esoterismo religioso y la pura ciencia empírica. Ahí están nombres como Hildegarda de Bingen, Alberto Magno, el gran descubridor del arsénico de la humanidad en el año 1250, Roger Bacon, Marsilio Ficino, que descubrió como nadie los problemas de la melancolía, el gran Cornelius de Agrippa y su maravilloso «Filosofía oculta. Magia natural», Michael Maier, que buscó en Hermes Trimegistro la verdad de todo lo natural y todo lo extraño, Thomas Vaughan o Franz von Baader. Todos tenían un pie sobre la medicina y otro sobre la alquimia y en medio, lo oculto, ese espacio creador tanto de lo mágico y hermoso como de lo vil y monstruoso.
La editorial Atalanta recupera ahora a uno de los contemporáneos más brillantes de Paracelso, Robert Fludd. Nacido en 1574 y fallecido en Londres en 1637, Fludd viajó a Europa en busca de ampliar sus miras y allí empezó a indagar en los misterios de la medicina, la química y todo lo que tuviera que ver con ciencias ocultas. Allí se relacionó con los rosacruces y se convirtió en el epítome de hombre orquesta del renacimiento por sus múltiples saberes humanistas. En medicina, entre otras cosas, consiguió describir el primer barómetro y consiguió explicar por primera vez de manera satisfactoria el sistema circulatorio humano.
De esta manera, el erudito Joscelyn Godwin presenta ahora «macrocosmos, microcosmos y medicina: los mundos de Robert Fludd», una gran ventana a las revolucionarias ideas de este médico iluminado, que se convierte en excepcional al incluir las ilustraciones que usó el propio Fludd para dar carnalidad a sus ideas. Así vemos sus descripciones del arte de la memoria, de la geomancia, quiromancia, las increíbles alas de Jehová o el Tetragámaton en el macrocosmos.