Delante de la cruz
No debemos acercarnos al hecho de la muerte de Cristo, que bellamente presentado y representado llenará estos días nuestras calles y nuestras plazas, sin tener en cuenta el sentido de su vida y su misión. La muerte de Jesús en la cruz no es solo la consecuencia de su conducta valiente, es la síntesis de su mensaje. Jesús no murió desesperado sin poder dar un sentido a su muerte. El cristianismo no es una filosofía complaciente que nos ayuda a superar el límite y la desesperación. Tarde o temprano tenemos que colocarnos ante la cruz. Nuestro puesto no está ni delante, ni detrás de la cruz de Cristo. Está a ambos lados, mirando de un sitio a otro, pasando de un sitio a otro.
El siempre admirable
François Mauriac, en sus «Memorias interiores. Nuevas Memorias interiores», nos ayuda a entender lo que vamos a vivir en estos días santos. «El cristianismo –escribió- sólo es una historia, una historia que ocurrió, una historia “de verdad” como dicen los niños, y que dura todavía. La humanidad es muy parecida al niño que éramos y al que no le costaba nada oír contar siempre la misma historia. Y a medida que la iba conociendo la amaba más. Y nosotros también conocemos de memoria la Pasión, pero la conocemos menos por el relato que de ella se nos ha hecho que por la experiencia que tenemos». Para el cristiano la vida es, como decía Joan Sales, «una larga batalla por la inocencia». Con cruz y con resurrección.
José Francisco Serrano Oceja