Las canciones de Alejandro Magno
Los gobernantes contemporáneos no inspiran grandes relatos. Parecen reducidos al escarnio, a la mofa burlesca, al sarcástico aguijón de bufones, comediantes y payasos. ¿Lo merecen? Sí y no, porque merecerlo no tiene nada que ver con que suceda. La risa es terapéutica, equilibra desigualdades, transfiere culpas y hace sentir mejor, qué diablos. Los gobernantes, pues eso, a callar y aguantarse, que se rían de ellos es por un bien común. Si quieren, tienen la esperanza de que pase el tiempo y les dediquen novelas, películas, hasta óperas dedicadas a sus grandezas. Si es así, entonces si tendrá que ver única y exclusivamente con sus merecimientos.
Pensemos, por ejemplo, en Alejandro Magno, el grande, el todopoderoso, rey del mundo, emperador entre emperadores, que ha pasado a la historia por ser el personaje real que más óperas ha inspirado. Seguro que en su época estarían en boga los ácidos guiñoles a su costa, los cómicos con irónicos comentarios sobre sus problemas de amor o torpezas militares, pero nadie los recuerda hoy, literalmente. En cambio, cuántas novelas, películas, óperas, incluso cómics podemos nombrar de carrerilla sobre este discípulo de Aristóteles y sus increíbles hazañas.