La semana que lo cambió todo: la bomba biológica y la necesaria auditoría científica
El Instituto de Salud Carlos III (Madrid) detectó anomalías después de que los primeros datos de transmisión estuvieran presentes a finales de febrero. Estos no se interpretaron de forma correcta por motivos todavía no aclarados, lo que para nosotros, sin lugar a dudas, constituye una negligencia.
La primera semana de febrero de 2020 estuvimos como miembro en el Comité Ejecutivo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra, y había ya en esas fechas datos que eran alarmantes desde el punto de vista epidemiológico sobre el avance de la Covid-19. El Ministerio de Sanidad en nuestro país no había tomado ninguna medida que tuviera relación con lo que estaba ocurriendo. Es más, se minimizó por parte del ínclito doctor Simón, que afirmó que eran dos o tres casos que no afectarían a más. Este retraso en tomar medidas adecuadas basadas en datos oficiales de la OMS permitió días críticos de expansión exponencial con consecuencias dramáticas.
Cuando uno consulta la bibliografía al respecto figura que en el Senado español, Antonio Alarcó, médico cirujano, profesor universitario y portavoz de Sanidad, dijo exactamente: «En Madrid se produjo una bomba biológica de enorme impacto sanitario». No fue la única vez que utilizó esta expresión, pues en varias comparecencias centradas en la gestión de la pandemia la volvió a repetir.
El sentido no era literal, se refería a una bomba biológica pero no a un ataque, sino que metafóricamente hablaba de las perspectivas médicas y epidemiológicas explosivas. Abordaba la combinación de transmisión comunitaria no detectada, más eventos masivos, más ausencia de medidas de contención, lo que actuó como un «detonador epidémico» (bomba epidemiológica). Aclarar de forma inmediata que el coronavirus es una zoonosis que nace de China (Wuhan), un país comunista que no transmitió al mundo científico el problema que estaba viviendo y que se extendió durante dos meses por el mundo sin decir nada a las autoridades sanitarias.
Era la primera vez que se utilizaba el concepto «detonador epidémico» y que, de forma espontánea, lo tomaron muchos otros autores. Algunas personas lo llamaron «evento superdiseminador masivo» o «tormenta perfecta», y también «efecto multiplicador abrupto del contagio exponencial infodémico». Son todas formas dramáticas de describir un evento que multiplica de forma exponencial la transmisión de un virus.
Ya había datos en nuestro país que indicaban que Madrid tenía transmisión comunitaria a finales de febrero. Conviene recordar aquí que el primer coronavirus detectado fue en la isla de La Gomera (Canarias), traído por un ciudadano alemán que vino de Wuhan. El hecho de que las medidas oportunas no se tomaran a tiempo generó lo que denominamos «bomba biológica», que disparó la transmisión, provocó morbilidad, mortalidad y un colapso sanitario histórico y sin precedentes.
La manifestación del 8-M feminista, los partidos de fútbol en el Santiago Bernabéu; los congresos, misas y mítines políticos; los transportes públicos abarrotados, y un sinfín de otros eventos deportivos y sociales en los que no se tomó ninguna medida no contribuyeron a detener la expansión. Además, tener las fronteras abiertas, principalmente el aeropuerto de Barajas (por el que pasaba diariamente un número altísimo de viajeros de todo el mundo) fue la gota que colmó el vaso. Las consecuencias de todo ello ya las sabemos. Se disparó la mortalidad, los hospitales se desbordaron, las UCI quedaron saturadas, médicos y enfermeras multiplicaron turnos e Ifema tuvo que convertirse en un megahospital transitorio.
Para más inri, mientras esto ocurría no había un comité científico, aunque el ministro de Sanidad Illa (filósofo) y el Dr. Simón nos decían de forma sistemática que no ocurría nada importante. Lo que sí ocurrió de forma masiva fue el contagio de sanitarios, siendo España uno de los países más afectados en este tema. Por primera vez utilizamos el concepto de «infodemia» (exceso de información intencionada) y que el Gobierno utilizó de forma intencionada para conseguir que no se supiera nada concreto.
Más de 120.000 fallecidos, más de 100.000 contagios de profesionales, mayor mortalidad por 100.000 habitantes de la Europa comunitaria, mayor mortalidad de profesionales sanitarios en Europa y más de 2 millones y medio de casos de covid persistente son las consecuencias claras de esta nefasta gestión. Desde la esfera estrictamente científica en la cual nos encontramos, Bloomberg (auditora mundial) y la revista The Lancet han solicitado hace más de tres años una auditoría científica independiente por lo ocurrido en nuestro país hace ya más de 4 años. En varias ocasiones lo hemos solicitado, por cierto, y publicado en este periódico, pero sigue sin realizarse. La semana que cambió todo desde el punto de vista sanitario, sociológico y económico exige por respeto que se haga esa auditoría y se publiquen los resultados. Basta ya.