En la noche del 10 al 11 de marzo de 1526 el Emperador Carlos V contrajo matrimonio con Isabel de Portugal en el Real Alcázar de Sevilla. La ciudad elegida, la capital del comercio atlántico, en su condición de puerto de las Indias, celebró con muchos festejos el gran acontecimiento. Cinco siglos después, merece la pena asomarse al pasado y conocer cómo fueron aquellos momentos que iniciaron el nuevo rumbo de la monarquía hispánica. Una buena parte de lo que somos hoy arrancó precisamente con la unión de estos dos personajes. La España de entonces se situaba al frente del universo occidental cristiano. En la Castilla de mediados de la década de los años veinte del siglo XVI aún sonaban los ecos de la rebelión comunera que tuvo que sofocar el Emperador. Carlos de Habsburgo descartó otras opciones y eligió como esposa a la infanta Isabel de Avis, lo que reforzaba la alianza ibérica y alejaba del poder a los insaciables flamencos que lo habían acompañado a su llegada a España en 1517. Así pues, esa designación favorecía la estabilidad de los reinos y, además, con el enlace el soberano obtenía una importante dote de Portugal. A sus veintiséis años, no menos importante era tener cuanto antes descendencia legítima para garantizar la sucesión en el trono. Y también, disponer de una mujer preparada para convertirse en gobernadora cuando él tuviera que abandonar la península ibérica para atender los asuntos europeos. Las largas y complejas negociaciones entre las Cortes portuguesa y castellana concluyeron en el otoño de 1525. Isabel de Portugal, que desde seis años antes había mostrado su clara preferencia por Carlos V, celebró la boda por poderes en Almeirim y se dispuso a cruzar la frontera para entrar en España el 7 de febrero de 1526. En Badajoz pasó sus primeros ochos días, iniciando después un lento camino por tierras extremeñas y andaluzas que acabaría en Sevilla el 3 de marzo. En las villas y las aldeas en las que se alojó se celebraron grandes actos de bienvenida. La expectación era máxima en cada lugar y todos querían ver de cerca a la Emperatriz, de cuya belleza y virtudes tanto habían oído hablar. En el Real Alcázar de Sevilla Isabel tuvo que esperar siete días a su esposo. La delegación portuguesa no vio con buenos ojos la tardanza excesiva del Emperador. Carlos V estaba aún de viaje. La política se impuso a la boda y no se desplazó a Sevilla hasta que no terminaron las conversaciones para ratificar la puesta en libertad de Francisco I. El rey francés había sido su prisionero desde su derrota en la batalla de Pavía en febrero de 1525. Por fin, el 10 de marzo, el César entró en la ciudad hispalense. Al igual que su esposa una semana antes, tuvo un extraordinario recibimiento, con mucha gente concentrada en calles muy engalanadas a lo largo de un recorrido que lo condujo, tras atravesar siete arcos triunfales, primero a la catedral y después al alcázar. En cuanto el Emperador vio a Isabel, se produjo un flechazo y decidió no esperar más y casarse esa misma noche. Los dos se desposaron en un altar provisional y, por lo precipitado del asunto, en la celebración solo pudieron estar los más allegados. Hacia las dos de la madrugada del 11 de marzo, Carlos se dirigió a la cámara de su esposa y, tal y como relató el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, «pasó el emperador a consumar el matrimonio como católico príncipe». La compenetración entre ambos fue total. «La emperatriz duerme cada noche con su marido en brazos, y están muy enamorados y muy contentos», decía días más tarde el marqués de Villarreal, la persona que había acompañado a Isabel desde Portugal. «Ambos hablan y ambos ríen y nunca hacen otra cosa», comentaba por su parte el embajador portugués António de Azevedo. A los dos meses del enlace los emperadores decidieron continuar su luna de miel en Granada. En la ciudad de la Alhambra residieron hasta diciembre de 1526. Los dos permanecían juntos muchas horas y compartían abundante información, que le sería muy útil a Isabel en su preparación para asumir la gobernación cuando así lo decidiera su esposo. La Emperatriz quedó embarazada en Granada del que sería su primer hijo, el futuro Felipe II. En los siguientes años, los complicados periodos relacionados con la gestación acabarían minando su salud. El acuerdo matrimonial había sido una cuestión de Estado, pero cuando Carlos e Isabel se vieron y se conocieron, esta quedó reemplazada por el amor. La pareja imperial se mostró muy unida desde el principio y su relación estuvo protagonizada por el respeto y la lealtad en todos los órdenes. Son «los dos mejores casados que yo sepa de este mundo», escribía desde Valladolid el embajador Martín de Salinas a Fernando de Habsburgo, el hermano de Carlos, en el año 1527. Pese a los sinsabores que la Emperatriz tendría que padecer más adelante por la soledad marital y una intensa carga de trabajo como regente, su vida en común fue intensa y feliz. Carlos V fue un actor decisivo de la España, la Europa y la América del siglo XVI. El edificio de la monarquía hispánica moderna comenzó a construirse en su época. No podemos obviar el papel y la influencia de su esposa Isabel, que determinó la primera parte de su reinado. Conocer su obra, con sus luces y sus sombras, nos ayudará a comprender mejor quiénes somos y cómo hemos llegado hasta aquí. Hay que insistir en la necesidad de reivindicar nuestra historia, sin complejos, porque sin ella no es posible entender el presente. No podemos ignorar, por otra parte, nuestra notable y decisiva aportación a la civilización occidental. Conmemoraciones como la de la boda imperial de 1526 deben ser consideradas por las Administraciones al servicio del ciudadano con el fin de mejorar la educación, fomentar la cultura y ayudar a saber disfrutar con un pasado de tanta riqueza. Las ciudades de Sevilla y Granada celebran en 2026 este acontecimiento con un variado programa de actividades. Como ocurre en otros países, serían deseables grandes y extraordinarias iniciativas del Gobierno central atendiendo a la historia que compartimos todos. En 2027 España tiene que recordar como se merece al Rey Felipe II, el hijo de los Emperadores, con motivo de los quinientos años de su nacimiento en Valladolid. Todavía estamos a tiempo.