Pedro Sánchez ha vuelto a hacerlo. No gobierna: regatea . No negocia: cede. No reforma: improvisa. La última función de ilusionismo político se llama 'reforma de la financiación autonómica' y, cómo no, tiene como público cautivo a ERC y como pagadores finales al resto de España. Porque esto no va de mejorar el sistema, ni de corregir desigualdades históricas, ni de modernizar nada. V a, una vez más, de pagar un peaje político para seguir unos meses más en La Moncloa . El problema es que el peaje ya no lo paga el PSOE, sino las comunidades autónomas… especialmente las que no chantajean. Primera anomalía democrática: Sánchez pacta la financiación de Cataluña con ERC, no con el presidente de la Generalitat , es decir, negocia el dinero de todos los españoles con un partido cuyo objetivo declarado es romper España. No con una institución, no con un gobierno autonómico legítimo, sino con un socio parlamentario al que hay que contentar cada semana. Gobernar a golpe de escaño es esto. Segunda anomalía : se cambian las reglas del juego a mitad de partido . El sistema de financiación autonómica exige consenso, tiempo, transparencia y lealtad institucional. Aquí no hay nada de eso. Hay prisas, opacidad y un mensaje claro: si aprietas, cobras; si cumples, pagas. La igualdad entre españoles queda, otra vez, subordinada a la aritmética del Congreso. Y tercera, la más burda: el intento de vendernos que «todos ganan». Es el clásico truco del trilero. Porque no, no ganan todos. Si una comunidad recibe más por un lado, necesariamente lo recibirá menos por otro: fondos de compensación, conferencias sectoriales, inversiones estatales o reparto de impuestos nacionales. El dinero no se multiplica por decreto ni por rueda de prensa ; se reparte, y cuando se reparte mal, alguien pierde. Castilla-La Mancha, y especialmente Emiliano García-Page, ha hecho lo que debería ser normal y hoy resulta casi revolucionario: decir no a un trágala. Decir que no se puede aceptar un sistema diseñado para satisfacer a una minoría política a costa de la mayoría territorial. Decir que la solidaridad no puede ser selectiva ni negociable . Decir, en definitiva, que España no es una subasta. Pero el sanchismo funciona así: se anuncia como progreso lo que es cesión , se vende como diálogo lo que es chantaje y se disfraza de justicia territorial lo que no es más que supervivencia política, y si alguien protesta, se le acusa de insolidario o de no entender la 'España plural', esa expresión comodín que sirve para justificar cualquier desigualdad si beneficia a los de siempre. La reforma de la financiación autonómica es necesaria, sí, pero no así. No con acuerdos bilaterales encubiertos, no con privilegios de despacho y no rompiendo el principio de igualdad entre ciudadanos. Hacerlo de este modo no es gobernar España: es administrarla como moneda de cambio. Al final, el problema no es ERC. Ellos sólo hacen lo que siempre han hecho: pedir más. El problema es que Pedro Sánchez siempre está dispuesto a darlo, aunque no sea suyo. Aunque no sea justo. Aunque, una vez más, intente engañar a la sociedad con la vieja promesa de que nadie pierde cuando todos saben que alguien siempre paga la factura. Y casi nunca es Cataluña.