El caso judicial contra Marius Borg Høiby , hijo de la Princesa Mette-Marit, ha trascendido hace tiempo el ámbito estrictamente penal para convertirse en un fenómeno social de gran alcance en Noruega. A pocas semanas del inicio del proceso, previsto para comienzos de febrero en el Tribunal del Distrito de Oslo, sus efectos ya se dejan sentir tanto en el debate público como en las estadísticas de denuncias por violencia y abusos sexuales. El juicio, que se extenderá durante casi dos meses, sentará en el banquillo al hijastro del Príncipe Haakon por más de una treintena de cargos, entre ellos varios delitos de violación y violencia en el ámbito de relaciones cercanas. Un caso sin precedentes en la historia reciente del país, no solo por la gravedad de las acusaciones, sino por su vinculación directa con la Familia Real noruega. La dimensión mediática del proceso ha actuado como catalizador de un fenómeno social inesperado: el aumento significativo de mujeres que se animan a denunciar situaciones de abuso. Organizaciones dedicadas a la salud y la protección de las mujeres han confirmado que, desde que el caso salió a la luz, se ha producido un repunte sostenido en las solicitudes de ayuda y en la presentación de denuncias formales. Expertos en violencia de género coinciden en que la visibilidad del caso ha contribuido a romper barreras psicológicas y sociales. El hecho de que el acusado pertenezca al entorno de la monarquía —una de las instituciones mejor valoradas históricamente en Noruega— ha puesto el foco sobre una realidad que, hasta ahora, muchas víctimas vivían en silencio. El impacto no se limita al ámbito social. El caso ha reabierto un debate político e institucional sobre el papel de la monarquía en una sociedad moderna. Grupos republicanos han experimentado un crecimiento notable en el número de afiliados en los últimos meses, un fenómeno que algunos analistas vinculan directamente a la pérdida de confianza en la imagen intocable de la Familia Real. Aunque Marius Borg no ostenta título ni funciones oficiales , su crianza en el entorno real ha generado una reflexión colectiva sobre privilegios, responsabilidad y rendición de cuentas. En este contexto, la Casa Real ha optado por una estrategia de prudencia extrema, limitando sus declaraciones públicas y dejando claro que el proceso judicial seguirá su curso sin interferencias. La expectación mediática es máxima . Más de un centenar de medios nacionales e internacionales solicitaron acreditación para cubrir el juicio, una cifra inédita en Noruega. Finalmente, solo una parte ha sido autorizada, en un intento por proteger la intimidad de las presuntas víctimas y garantizar el desarrollo del proceso Aun así, el seguimiento será exhaustivo. El juicio no solo examinará la conducta del acusado, sino que se ha convertido en un espejo incómodo para una sociedad que se veía a sí misma como ejemplar en materia de igualdad y derechos. Sin compararse directamente con movimientos globales como el Me Too, el llamado 'efecto Høiby' marca un punto de inflexión . Ha demostrado que la exposición mediática de un caso concreto puede abrir grietas en el silencio colectivo y empujar a otras víctimas a dar el paso. Mientras Noruega se prepara para uno de los procesos judiciales más mediáticos de su historia reciente, el país asiste también a un ajuste de cuentas interno: con sus instituciones, con sus mitos y con la forma en que afronta la violencia en el ámbito privado.