Miguel Ángel Ruiz es ingeniero, sociólogo y autor de 'La destrucción planificada de la infancia'. Se trata de un ensayo que se dirige especialmente a padres que intuyen que algo no encaja, que sienten el desgaste de educar a contracorriente y que buscan un marco intelectual y cultural que dé sentido a su incomodidad. -En el libro denuncia la desaparición de la infancia como etapa vital por culpa del grave consumismo actual, ¿a qué se refiere exactamente? La infancia no está desapareciendo únicamente por el consumismo 'per se'... si no porque la industria está usando una serie de estrategias de marketing que acortan el espacio simbólico de la niñez. Por ejemplo, en la década de los 80 existía la moda infantil; en la actualidad, este tipo de moda dirigida a niños ha sido suprimida. Si buscas moda infantil en internet, verás que lo que existe es ropa de adulto en miniatura. Lo mismo pasa con la música infantil; en los 80 había mucha (Enrique y Ana, Parchís, etc.); en la actualidad apenas hay; los niños de la actualidad están creciendo con el reguetón, que realmente es música para adultos. Incluso en los contenidos que sigue habiendo, como los dibujos animados, los valores que transmiten son diferentes. Poco a poco, la industria está homogeneizando las referencias de niños y adultos. El ejemplo más claro de este cambio de paradigma es la hipersexualización de las niñas. Hay marcas que fomentan que se vistan casi como mujeres adultas. El espacio simbólico de los infantes está en retroceso. Hace poco una marca ha sacado unas mascarillas antiarrugas para niñas.... En mi opinión, ese producto es más efectivo creando complejos en las niñas que realmente actuando sobre ninguna arruga. Eso es acortar la infancia. -¿Qué tipo de estrategias empresariales, publicitarias y tecnológicas son las que pretenden convertir a los niños en consumidores desde la cuna? Existen varias líneas que se han ido perfeccionando en las últimas décadas. La primera es provocar una crisis de autoridad en padres y educadores, al mismo tiempo que crearon tipos de marketing que enseñaban a los niños a portarse mal y a no aceptar un 'no' por respuesta. Estos estudios se llamaron «The Nag Factor» (nag es dar la lata en inglés) y vieron que los padres respondían económicamente muy bien a las necesidades de la industria cuando eran enfrentados con sus hijos en modelos de consumo. La segunda consiste en empoderar a los menores y borrar la forma de ser niños, borrar referentes culturales que antes eran típicamente infantiles. Y, la tercera, se denomina KGOY en inglés, significa «Kids are Getting Older Younger». Esta estrategia busca adelantar la preadolescencia todo lo posible, acercando a los niños los consumos de los adultos. El motivo de hacer esto es que los perfiles de consumo de los adultos son más caros y sofisticados que los de los pequeños; entonces así se obtiene un niño consumidor con un perfil de necesidades básicas más caro que un menor tradicional. -¿Qué síntomas son los que reflejan esta transformación? Los síntomas son fáciles de detectar. Prácticamente todos los padres los notan, aunque no sean capaces de explicar exactamente por qué suceden. Los niños de ahora parece que «se hacen mayores antes», es decir, son menos ingenuos; parece que se asoman al mundo adulto a edades cada vez más tempranas. En general, también parece que se portan peor, respetan menos a la autoridad o no cesan en sus empeños hasta salirse con la suya. De alguna manera también son más caprichosos y lo quieren todo ya, tienen menos resistencia a la frustración o, en ocasiones, no saben aburrirse. Los padres, en general, no saben ni entienden que están luchando una guerra contra la industria a través de sus hijos. Y la están perdiendo. -¿Qué papel ha jugado la Navidad como amplificador de un consumo que ya se fomenta durante todo el año? La Navidad antes era el gran momento consumista del año. Y en parte no lo vimos mal porque conectaba con nuestras tradiciones religiosas. Hasta cierto punto era normal, se compatibilizó muy bien con nuestra forma de vivir. Ahora bien, ya no es solo la Navidad. Empezó a ser también San Valentín y, después, la vuelta al cole, y luego el Black Friday (que está relacionado con el Día de Acción de Gracias anglosajón). En España ya solo nos falta celebrar el 4 de julio, Día de la Independencia americana... Que nos estemos americanizando tanto es una muestra más de esta dominación cultural que sufrimos y que nos está colonizando a través del consumo. -¿Por qué la felicidad instantánea se presenta como una promesa ligada al consumo desde edades tempranas? Forma parte de la historia de la publicidad. A principios del siglo pasado, cuando publicistas y expertos de psicología de masas estaban buscando imaginarios colectivos para salir de la crisis económica en el crack del 29 (y aun antes, al final de la Primera Guerra Mundial), encontraron que la felicidad era la idea perfecta para esta tarea. La felicidad tal y como la conocemos es un invento moderno. Cogieron prestado el concepto griego de Edaimonía, que significaba vida buena o florecimiento humano, pero en el sentido de una vida plena y virtuosa. Ellos reescribieron el término como felicidad hedonista asociada al placer. Castraron el término, y como dice el sociólogo Sigmunt Bauman: «En la época actual, todas las ideas de felicidad acaban en una tienda». La felicidad mediante la virtud deberá esperar, me temo. -¿Qué implica enseñar a los hijos a desear con calma en una cultura de inmediatez? Es un aprendizaje fundamental. Los psicólogos consideran un rasgo de personalidad muy importante para un buen desarrollo que se denomina «resistencia a la frustración». Este rasgo está asociado a seguir tratando de lograr un objetivo aun cuando no se obtienen resultados positivos inmediatamente. Es decir, cuánto tiempo se sigue intentando algo a pesar de no conseguirse, en su repetición. La repetición es la base del aprendizaje... y del éxito. Niños que no soportan no tener éxito inmediato en sus tareas son menores a los que les estamos privando de una habilidad fundamental para tener éxito en la vida, que es la resiliencia. Además, suelen ser niños que no saben aburrirse, tan acostumbrados a la sobreestimulación en la que viven. Hay quien habla de pandemia de TDAH, pero lo presentan como si fuese una enfermedad genuina; yo considero que tiene una importante base cultural por el conductismo de los procesos en los que están creciendo los niños. -¿En qué consiste la 'paternidad rebelde' frente a un sistema que programa deseos? Este término está inspirado en uno de los primeros sociólogos que alertaron sobre la desaparición de la infancia: Neil Postman. Él decía que «si los padres quieren preservar la infancia de sus hijos, deben concebir la paternidad como un acto de rebelión contra la cultura dominante». A Postman le costó mucho explicar a sus coetáneos que la vida moderna consumista era enemiga de la infancia. En mi libro dedico el capítulo final a explicar esta paternidad rebelde en cuanto a pautas y estrategias. Básicamente, consiste en que los padres sean conscientes de las estrategias asociadas a la infancia y, en vez de delegar una parte de esta educación que se produce en series, juguetes, música, cine, etc., sean un filtro entre esa cultura y sus propios hijos. Requiere obviamente más implicación, pero merece la pena. -¿Cómo puede una familia proteger la infancia sin aislarse del mundo que la rodea? Verdaderamente, una familia aislada puede tener ciertas dificultades porque, evidentemente, la idea no es aislar a los niños, ya lo están demasiado; en mi opinión, cada vez juegan menos en la calle. Ahora bien, si varios padres y madres se asocian entre ellos, sí que pueden lograr grandes victorias en esta batalla. Ya se están empezando a asociar. He escuchado iniciativas en Cataluña y en Extremadura. Seguramente haya muchas más que no conozco. Estas agrupaciones de padres están creando espacios libres de móviles y ciertamente, si los niños ven que otros infantes tampoco tienen dispositivos, será mucho más fácil. Además, recientemente Australia ha prohibido las redes sociales a menores de 16 años para proteger su infancia y salud mental. Creo que esta es una victoria muy significativa y un precedente esperanzador. -¿Qué consecuencias a largo plazo puede tener una infancia moldeada por intereses de mercado y no por necesidades reales? La consecuencia más directa es la transformación de la sociedad. Los niños son la llave del futuro; quien los educa tiene el futuro. Aunque las estrategias de marketing son en general a corto plazo, a nivel de producto o campaña, uno se da cuenta de que hay también un proyecto quizás a más largo plazo. Esta sospecha radica en que estén construyendo el tipo de ciudadanos (de niños ahora) que necesita la industria a largo plazo, y este tipo de ciudadano es un ciudadano alienado por el consumo. Alguien despojado de una cultura que imposibilite el consumo, como era, por ejemplo, la religión. El consumismo atacó a la religión porque se dieron cuenta de que los valores cristianos frenaban el consumo (por ejemplo, considerar pecado la lujuria o la gula). Vamos hacia una sociedad-mercado tremendamente sofisticada donde el individuo pueda comprar de todo, y que el único obstáculo al consumo sea el dinero y no ninguna otra cuestión ética o moral.