A principios del siglo XX,
Coco Chanel desafiaba las convenciones estéticas que marcaban la pauta en el universo de la
Alta Costura, para consagrarse, entre otras cosas, a la sobria elegancia de dos tonalidades neutras:
el blanco y el negro. La pareja cromática fetiche de la maison se convertía en símbolo de sofisticación atemporal, minimalismo y una osadía revolucionaria que ahora se cuela incluso en nuestra
manicura.
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