El Serena y el espejo roto
Conozco el Hotel Serena de Islamabad. He dormido en él, he desayunado bajo sus arañas de color rosa y he cruzado su vestíbulo de paneles de madera tallada camino del convoy que nos llevaría a Peshawar, entonces la patria de Al-Qaeda fuera de las montañas de Afganistán. El Serena es una de las joyas del grupo del Agha Khan y el hotel más seguro de Islamabad, situado en un pequeño repecho que lo hace más fácil de proteger de coches y camiones-bomba. Se encuentra en la "Zona Roja" sellada por un dispositivo de seguridad sin precedentes en la historia diplomática de Pakistán. Esta será la sede de las conversaciones más importantes para la seguridad mundial desde los Acuerdos de Dayton de 1995. Conviene saber quiénes son los hombres que se sientan en sus salas, porque lo que puedan —o no puedan— comprometer determinará si este alto el fuego sobrevive.
Por el lado estadounidense: JD Vance, vicepresidente, heredero político más probable de Trump, es la conexión con la base MAGA (en su mayoría contraria a las intervenciones en el extranjero) y, por eso mismo, negociador con dos audiencias simultáneas: la opinión pública mundial y el electorado republicano de 2028. Irán lo exigió como interlocutor precisamente porque Vance se ha mostrado abiertamente escéptico de la intervención militar en Oriente Medio —lo cual es cierto— y porque no estuvo en Ginebra en febrero.
La disparatada lectura de la oligarquía yihadista niega la realidad. Witkoff y Kushner transmitieron las tres condiciones exigidas para que no empezase la guerra, renunciar a la producción de misiles balísticos de medio y largo alcance; cesar todo apoyo, adiestramiento, financiación y utilización de sus proxies terroristas; renunciar a enriquecer uranio y a su programa nuclear militar. Witkoff llegó a ofrecer el uranio enriquecido a los niveles compatibles con un programa civil gratis. Ali Jamenei antes de ser eliminado no solo rechazó todas las propuestas, amenazó al Líbano (su presidente y primer ministro) si perseveraban en su plan de completo desarme de la milicia terrorista Hizbulá. El régimen de Teherán distorsiona la verdad y reitera que Witkoff y Kushner "los engañaron antes de bombardearnos".
El equipo negociador
Steve Witkoff, el magnate inmobiliario, de modales pulidos y suaves maneras, ha demostrado ser un eficaz negociador a pesar de su falta de experiencia diplomática hasta que participó en el diseño de los acuerdos de Abraham en Trump 1.0. Trump lo nombró enviado especial para Oriente Medio y acabó siendo el enviado especial para el mundo entero. Witkoff conoce al dedillo el expediente técnico, de hecho, mejor que nadie. Fue el jefe de la delegación estadounidense en tres rondas de negociación con Irán, Muscat, Roma, Ginebra.
Sin embargo, el régimen iraní en su delirio paranoico lo ve como corresponsable de la traición previa a la guerra junto a Jared Kushner. Ellos consideran al yerno del presidente, según revelaron fuentes pakistaníes, como "un activo israelí que arrastró a un presidente a una guerra que quiere abandonar". Teherán pidió que ambos abandonaran la sala en la fase final de los contactos indirectos del 7 de abril. Washington aceptó.
Por el lado iraní, el tándem desacompasado de Ghalibaf-Araghchi. Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento, es todo lo que su título no sugiere: un general del IRGC que se alistó a los diecinueve años en la guerra Irán-Irak, comandó brigadas y divisiones, dirigió la Fuerza Aeroespacial de los Guardias Revolucionarios, fue jefe de policía durante cinco años —supervisando la brutal represión de las protestas de 1999 y el aplastamiento del movimiento verde de 2009— alcalde de Teherán durante doce años acusado de corrupción por valor de más de tres mil millones de dólares en una trama vinculada a contratos del IRGC.
Ghalibaf es uno de los jerarcas más corruptos de un régimen construido sobre la corrupción. Fue tres veces candidato presidencial bloqueado por el Consejo de Guardianes de la Revolución. Es también el hombre que el 8 de abril —primer día del alto el fuego— declaró en X que las negociaciones eran "irrazonables" (sic). Su presencia es una aparente contradicción entre su "pragmatismo" y su subordinación al verdadero jefe del país, Ahmed Vahidi, comandante en jefe de la IRGC. La pregunta que ninguna fuente ha podido responder es si Vahidi le ha dado mandato real de negociar o, como siempre, de ganar tiempo.
La pata "más débil"
El ministro de exteriores Abbas Araghchi es la pata corta y más débil de la pinza imperfecta. Doctor en pensamiento político por la Universidad de Kent, negociador adjunto del desastroso acuerdo nuclear previo, el JCPOA de 2015, promovido por Obama, Reino Unido y los demás miembros permanentes del CSNU más Alemania. De esos polvos estos lodos. Los diplomáticos europeos que lo conocen lo describen como "serio, técnicamente impecable y directo".
Él mismo escribió que "cuando vendes nieve bajo el sol, regatear más de lo necesario es una pérdida". Araghchi sabe que a Irán (y su calamitosa economía) se le está acabando el tiempo. Los ultras no acaban de fiarse de él y por eso es probable que se una a la delegación iraní otro ex general del IRGC Mohamed Baghr Zolghadr, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. Zolghadr es un mega-fanático, ex jefe de la Fuerza Al Quds, las fuerzas especiales de la Guardia y responsables de buena parte de sus actividades terroristas internacionales.
Las dos delegaciones no se verán las caras en el hotel Serena. El formato, como en todas las rondas anteriores, es la negociación indirecta: salas separadas, mensajes transmitidos por los pakistaníes, con el todopoderoso Mariscal de Campo Asim Munir —jefe del ejército de Pakistán— como gran protagonista. Pakistán no reconoce a Israel, ni tiene tropas en el golfo, pero tiene novecientos kilómetros de frontera con Irán y una deuda histórica con Washington. Esta aparente equidistancia les convierte hoy en el único mediador posible del momento.
El papel del Líbano
El Líbano se ha convertido en la clave del alto el fuego. Esto nos obliga a sacar algunas conclusiones que demasiados han querido ignorar. Primera y principal víctima de Hizbulá —y por extensión del régimen oligárquico-yihadista de Irán— en el Líbano son los propios libaneses, incluso la mayoría de los chiíes que en las encuestas no dejan de reiterar su indignación contra "los barbudos" como se les conoce a los matones de Hizbulá. Más de dos mil muertos desde el 2 de marzo, más de un millón doscientos mil desplazados —más de veinte por ciento de la población del país.
El Líbano lleva cuatro décadas siendo el campo de batalla de guerras de otras potencias. El régimen creó Hizbulá en 1982 (en la residencia del embajador iraní en Beirut) los usó como arma de exportación de su "revolución", su fanatismo y siempre fue su más eficaz y sanguinario proxy terrorista. Cada terrorista de Hizbulá que dispara un misil desde un barrio residencial de Beirut sobre el norte de Israel lo hace protegido por la población civil libanesa que el IRGC usa como escudo humano.
Irán vinculó el cierre del Estrecho de Ormuz y la continuidad de los ataques contra sus vecinos (siempre a objetivos civiles, estos sí crímenes de guerra) al cese de los ataques israelíes contra los terroristas de Hizbulá. Desde entonces sólo once buques pudieron atravesar el estrecho frente a los cien diarios en tiempos normales. Irán estaba cobrando hasta dos millones de dólares por buque como "peaje". La agencia de inteligencia marítima Windward ha confirmado los pagos. Con el peaje a cien buques diarios, el IRGC estaría ingresando entre setenta y tres y cien mil millones de dólares. Esto es un modelo de negocio mafioso que el punto 6 de su "propuesta de paz" pretende institucionalizar. Si se llegase a aceptar "coordinación obligatoria con las Fuerzas Armadas de Irán" como condición del tránsito habría producido la mayor erosión del Derecho Internacional del Mar desde la crisis del Canal de Suez de 1956.
Oportunismo político
Y mientras las delegaciones llegaban al Serena, Trump volvía a cuestionar a la OTAN. El Wall Street Journal informó de que la Administración está considerando seriamente retirar tropas de bases en países "desleales" durante la guerra de Irán —España y Alemania encabezan de la lista—, para reubicarlas en Polonia, Rumanía y los países bálticos. La decisión española de no ceder el espacio aéreo a la Operación Epic Fury es sin duda soberana, pero negar ayuda a tu principal aliado en el zenit de la amenaza iraní (amenaza permanente desde 1979 y hoy más grave que nunca) es un acto de irresponsabilidad y oportunismo político.
Ni Francia en la segunda guerra de Irak, a la que se opuso frontalmente, prohibió el uso de su espacio aéreo a los EE UU. Las consecuencias prácticas de un cierre de Rota o Morón serían desastrosas para España. Rota aloja la 4.ª Escuadrilla de Destructores de EE UU —la columna vertebral de la defensa antimisil AEGIS del flanco sur de la OTAN. Morón es la plataforma logística más importante del AFRICOM y el CENTCOM en el Mediterráneo oriental y el Norte de África. Trasladar las bases no debilitaría a EE. UU. que buscará y encontrará alternativas quizás no sean ideales, pero serán viables. La medida debilitaría seriamente a España y al flanco sur europeo del que España es parte esencial.
La convergencia más peligrosa del momento es la exigencia iraní de que EE UU retire sus fuerzas de la región —el punto 7 de su propuesta y una posible retirada o reducción del nivel de compromiso de los EE UU con la OTAN son disolventes para la capacidad disuasoria de occidente. El régimen terrorista de Teherán no necesita la OTAN se rompa o debilite, le basta con que las fricciones transatlánticas produzcan una dinámica de repliegue gradual y simultánea de los EE UU en Europa y en el Golfo. Si esa convergencia se materializa, el régimen habría conseguido erosionar gravemente el compromiso de seguridad occidental en las dos regiones clave para la paz y la seguridad mundiales. Rusia y China observan con regocijo.
Las delegaciones están en el Serena. Las ventanas siguen abiertas, pero el tiempo se agota. La posibilidad de un acuerdo razonable existe. Islamabad no es la solución, es la última oportunidad para poner fin a esta guerra. Y Ghalibaf lleva ya tres días diciéndole al mundo que a ellos no les preocupa que las ventanas acaben tapiadas.