Ocurrió, hay que insistir en ello, mientras la nación entera sufría los duros confinamientos de la pandemia. Colocaron amantes de pago en las empresas públicas y cesaron a los directivos que se atrevieron a asignarles tareas. Traficaron con mascarillas defectuosas y amañaron contratos públicos al amparo de la opacidad facilitada por el estado de alerta. Llevaron y trajeron bolsas de efectivo –«tacos de billetes»– a la sede del partido sin recibos que justificasen su existencia. Todo presuntamente, claro, hasta que haya sentencia, aunque a estas alturas nadie en sus cabales haría una apuesta contra la condena. Pero todo también apenas unos meses después de haber ganado una moción de censura con solemnes proclamas de regeneración ética. Y el juicio no...
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