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El mar y la destrucción: historia de los naufragios en la expansión española

En 1719, Daniel Defoe daba una historia para la que se había basado en un marinero escocés al que habían abandonado por indisciplina en una isla desierta. Se trataba de «Robinson Crusoe», en que un hombre que se superaba a sí mismo y lograba sobrevivir aislado veintiocho años; por ello, no extraña que Jean-Jacques Rousseau la recomendara vivamente a los jóvenes, afirmando que era una «obra básica de toda educación». En esa intención educativa también cupo colocar el libro de François Édouard Raynal «Los náufragos de Auckland» (JUS, 2017) al ser la demostración de que, como aquel Robinsón real convertido en ficción, se podía sobrevivir tras una tragedia en condiciones de aislamiento extremas, y levantar una cabaña, aprender a subsistir en una naturaleza salvaje, soportar el abatimiento de tanta soledad y falta de recursos de toda clase.

Y es que una noche de 1864, los cinco hombres que integraban la tripulación de la Grafton, una goleta mercante, naufragó en las costas de Nueva Zelanda, hallando no obstante refugio en un islote deshabitado. El capitán y el resto de marineros soportarían veinte meses en las islas Auckland con un clima hostil y, en un ejemplo de resistencia y confianza memorables, salvarían sus vidas y podrían retomar sus asuntos. Al final, construyeron una barca con la que huir, padeciendo hambre y tormentas, hasta la salvación final cinco días más tarde en lo que fue una aventura convertida en crónica que, como en el caso robinsoniano, también inspiraría literatura. Nos referimos a «La isla misteriosa» (1874), en la que Jules Verne narró cómo cinco marinos, tras huir de la Guerra de Secesión, logran sobrevivir en un lugar lleno de fenómenos enigmáticos.

En fechas recientes, nos llegó asimismo una novela que cuenta las vicisitudes de un caso real protagonizado por unos náufragos que fueron considerados unos héroes pero ocultaban una historia oscura,Por cuestión de centímetros

El libro era una buena oportunidad de adentrarse en los intríngulis de la historia en América en torno a los enfrentamientos de las naciones llamadas a dominar el planeta. En ese sentido, el lector comprobaba cómo de obsesiva era la idea de las autoridades británicas a la hora de pergeñar planes para lanzarse, por ejemplo, «contra uno de los núcleos de la riqueza colonial española: [[LINK:TAG" rel="https://www.larazon.es/cultura/el-naufragio-del-wager-motin-asesinatos-y-canibalismo_2025021568243c21176f225ec6212514.html" target="_blank">tag|||6336188eecd56e36169324b1|||Cartagena de Indias

. De esta ciudad a orillas del Caribe partía en convoyes armados gran parte de la plata extraída de las minas del Perú», por medio todo ello de una tremenda flota compuesta por 186 barcos. Y alrededor de estas cuestiones político-marítimas gira el recién aparecido trabajo «Hundidos: Una historia de España y América desde las profundidades (1492-1898)».

En él, Carlos León Amores, doctor en Prehistoria y Arqueología por la Universidad Autónoma de Madrid, y formado en arqueología subacuática y buceo profesional, desde la primera línea plantea una visión despojada de cualquier idealización sobre el mundo marítimo: «No hay nada poético en un naufragio. Es pura violencia». Y es que, desde luego, un naufragio es un fenómeno extremo en el que se rompe el orden natural de la vida a bordo al producirse «el desmoronamiento del orden más básico y primitivo» y «el colapso de la lógica». En este sentido, el texto insiste en la fragilidad de la vida humana frente al mar dado que la separación entre la seguridad y la muerte es mínima: «Tan solo unos centímetros de madera separan el interior del exterior, la vida de la muerte, el orden del caos». A partir de esta idea, se desarrolla una descripción detallada de la violencia física que supone un naufragio, por lo que el mar es presentado como una inmensa fuerza destructiva que invade el barco.

León Amores ha intuido tal cosa «in situ», pues participó en excavaciones como el barco romano de Grum de Sal, en[[LINK:TAG|||tag|||6336123787d98e3342b26766||| Ibiza]], o el navío Nuestra Señora de Guadalupe, en aguas dominicanas. De hecho, desde 2005 realiza un inventario de naufragios españoles en América para el Ministerio de Cultura de España, todo lo cual le suministró mucha información para su libro, en que señala que el mar puede «lanzar veinte cañones de una tonelada de peso contra un mamparo de madera de diez centímetros hasta que lo atraviesa», así como «partir palos de medio metro de diámetro y veinte metros de altura como si fueran mondadientes». A ello se suma la acción del viento, descrito como «su aliado más temible», que es capaz de «cortar las velas como si fuera un cuchillo» y de deshacer toda la estructura del aparejo.

El entorno geográfico en el que se sitúan muchos de estos naufragios, especialmente el Caribe, añade nuevos peligros.

León Amores afirma que «ningún barco de madera está preparado para sufrir un huracán en medio del canal de las Bahamas, en la bahía de Samaná o en los peligrosos cayos de Florida». Incluso si una embarcación logra resistir la tormenta, todavía debe enfrentarse a otros riesgos naturales: «los bajos rocosos y los arrecifes coralinos que están ahí, asomándose a la superficie del mar como centinelas de piedra ocultos». El momento del hundimiento implica también la dispersión de las mercancías transportadas, claro está, y añade algo bien curioso: «Casi todos los naufragios suelen producirse cerca de la costa o en aguas poco profundas hacia las que vientos y oleaje empujan a los navíos». En estas situaciones, los barcos terminan por desintegrarse: «los enormes galeones, los navíos mejor armados o las fragatas más veloces dejan de ser barcos y se convierten en desecho». Tras la tormenta, la calma regresa de forma abrupta, pero las consecuencias del desastre permanecen visibles en tierra firme, donde los cuerpos y los objetos personales se mezclan con los restos del barco.

El mar que engulle

Con todo, el quid de la cuestión en torno a los naufragios es que todo descansar en su carácter azaroso, porque sobrevivir depende de circunstancias fortuitas, ya sea por haberse protegido el marino en un lugar seguro o por haber conseguido escapar en una embarcación auxiliar. Además, cuando el naufragio ocurre en el contexto de un combate naval, la situación se vuelve aún más caótica; los marinos combaten «rodeados de fuego, sangre, humo y dolor». En este punto, «el barco hundido ya no cuenta. Es historia, y pronto, también, arqueología». Y es ahí cuando intervienen profesionales como León Amores, que indica que «en las costas americanas yacen más de un millar de barcos españoles naufragados desde 1492 hasta 1898», lo que los convierte en elementos clave para comprender «el nacimiento y la decadencia de un imperio de ultramar». Por ejemplo, «el de la Santa María fue el primer naufragio español, castellano más bien, que se produjo en las costas americanas».

Así, el libro propone conocer «dieciséis tragedias navales en las que se perdieron barcos y gentes en las costas del Caribe, el golfo de México, el Atlántico o el Pacífico». Cada uno de estos casos permite analizar distintos aspectos de la historia marítima, a partir de puros hechos, por supuesto, pero también indagando en las experiencias humanas: «Nos importan la historia y las historias».

El náufrago como personaje literario

El perfil de personaje náufrago, de un Robinsón Crusoe, la creación de Daniel Defoe, es una alargada sombra por encima de cualquier relato de trasfondo similar, como en el caso de Gabriel García Márquez, que en «Relato de un náufrago» llevó a cabo un reportaje novelado que relataba la historia de Luis Alejandro Velasco, que en su momento obtuvo una fama polémica, pues se demostró que el barco naufragado llevaba cargamento de contrabando. Se trata, al fin y al cabo, de un arquetipo, un icono social y cultural, un mito que ha traspasado el mundo de la ficción narrativa para incluso nutrir el lenguaje. Así, en el Diccionario encontramos «robinsón», «robinsonismo» y «robinsoniano», dos sustantivos y un adjetivo pertenecientes a aquel que, «en la soledad y sin ayuda ajena llega a bastarse por sí mismo». Y esto es lo que le había ocurrido al marinero escocés Alexander Selkirk, el verdadero náufrago en que Daniel Defoe basó su inmortal relato de aventuras y al que habían abandonado por indisciplina en una isla desierta.

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