¿Es posible que la chispa de la conciencia no sea un privilegio exclusivo de los grandes cerebros de los mamíferos, sino una solución técnica de la evolución presente en criaturas del tamaño de un grano de arroz? La respuesta a este enigma, que desafía nuestra posición en la jerarquía biológica, acaba de recibir un respaldo científico sin precedentes.