Seguro que alguna vez te ha pasado que vas por el pasillo del supermercado, coges un paquete de cereales o un bote de cacao y te encuentras con una letra A verde o una E roja. Es el Nutri-Score , un sistema de etiquetado frontal que busca hacernos la vida más fácil a la hora de elegir qué meter en el carrito. Sin embargo, la polémica siempre lo rodea. ¿Cómo puede ser que un refresco tenga mejor nota que un aceite o que unos cereales azucarados tengan un color verde? Para poner fin a la confusión, la AESAN (Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición) ha detallado los aspectos científicos y técnicos que hay detrás de este algoritmo. La clave no está en ver el Nutri-Score como una verdad absoluta sobre si un alimento es «bueno» o «malo», sino en entender qué se está comparando realmente . Lo primero que hay que entender es que el Nutri-Score no es un número puesto al azar. Es el resultado de una resta matemática entre componentes que «restan» salud y componentes que «suman». Según el documento técnico de la AESAN, la puntuación se determina restando los puntos favorables (los buenos) del total de puntos desfavorables (los malos). El resultado final es una cifra que va desde los -15 (la mejor nota, la A) hasta el +40 (la peor nota, la E). Es decir, cuanto menor es la puntuación final, mejor es la calidad nutricional del producto. Uno de los puntos que más confusión genera es el de las bebidas. La AESAN es muy clara en este aspecto, ya que la única bebida que recomiendan los organismos internacionales es el agua. Por eso, el agua es el único producto que se clasifica de forma independiente y siempre recibe la máxima puntuación. ¿Qué pasa con el resto? Las bebidas se rigen por una tabla de puntuación distinta a la de los alimentos sólidos. Se analiza con lupa el aporte calórico y, sobre todo, el contenido de azúcar. El documento técnico señala que incluso las bebidas con 0 calorías o edulcoradas no reciben la máxima nota, ya que estudios científicos apuntan a que su ingesta no aporta beneficios o incluso podría tener impactos negativos. Así que, si ves un refresco con una letra B o C, recuerda que se está comparando con otros refrescos , no con un filete de pescado o una manzana. Para que un producto consiga una buena letra, el algoritmo valora positivamente el porcentaje de ingredientes «nobles» . La AESAN especifica que para este cálculo se consideran frutas, hortalizas, legumbres y frutos secos, ya sean frescos, congelados, en conserva o secos. Sin embargo, hay matices importantes: Muchos expertos señalan que aunque esta práctica de mirar el semáforo nutricional sea muy habitual, puede llevar a errores si no sabemos leer entre líneas. El Nutri-Score no sirve para comparar productos de distintas categorías. No tiene sentido comparar un paquete de jamón con unos yogures. Su verdadera utilidad aparece cuando comparamos productos del mismo estante , como dos marcas de cereales de desayuno o dos tipos de lasaña precocinada. Además, el documento de la AESAN recuerda que hay que fijarse en las referencias . Por ejemplo, muchas veces vemos en las etiquetas el dato de la sal, pero el algoritmo de Nutri-Score lo que mide realmente es el sodio. Para que las cuentas salgan perfectas y ninguna empresa pueda maquillar los datos, aplican una fórmula fija (sal = sodio x 2,5) para saber cuánta sal tiene el producto de verdad. Para que el Nutri-Score sea tu aliado y no un enemigo, conviene recordar un par de pautas que se extraen de la normativa técnica: En definitiva, la aclaración de la AESAN nos ayuda a entender que el Nutri-Score es una ayuda visual , pero la responsabilidad final de leer la lista de ingredientes sigue siendo nuestra. Es una forma rápida de descartar lo peor, pero no siempre una garantía de que lo que compramos es un «superalimento».