No es Irán
Hay formas de poder que no bloquean de frente, pero consiguen casi el mismo efecto. No hace falta cerrar todas las puertas cuando basta con volverlas peligrosas. No hace falta declarar un cerco absoluto cuando se puede castigar a cualquiera que intente acercarse. Eso es lo que Donald Trump ha vuelto a poner sobre la mesa con Irán, no sólo al amenazar con una devastación descomunal, tampoco únicamente al abrir una pausa de dos semanas en los ataques, sino al advertir que impondría aranceles de 50 por ciento a los países que suministren armas a Teherán. No estaba hablándole solo a Irán, le estaba hablando al mundo.
Conviene mirar bien el mecanismo, porque aquí no estamos ante una excentricidad aislada. Estamos ante un método, uno reconocible, incluso viejo. Estados Unidos no sólo castiga a sus adversarios directos, también se ha especializado en volver tóxica cualquier relación con ellos. A veces no necesita impedir formalmente el contacto; le basta con elevar su costo, proyectar el riesgo, sembrar la amenaza suficiente para que otros retrocedan solos.
Así ha operado durante décadas con Cuba, mediante el embargo y, más tarde, a través de herramientas extraterritoriales como la ley Helms-Burton, que extendió el alcance del castigo más allá de la isla y lo proyectó sobre empresas, bancos e inversionistas extranjeros.
Eso es lo más revelador del episodio actual: el objetivo no es solo debilitar a un rival inmediato. El objetivo es disciplinar a todos los demás; no se trata solamente de Teherán, sino de cualquier gobierno, empresa, intermediario, naviera, aseguradora o proveedor que hoy esté calculando si le conviene seguir abasteciendo, comerciando o financiando alguna relación con Irán. El mensaje es brutal en su simpleza: si te acercas a mi enemigo, pagarás tú también; en el propio lenguaje sancionatorio estadounidense eso tiene nombre. El Departamento del Tesoro reconoce la figura de las sanciones secundarias para ciertas operaciones vinculadas con Irán, es decir, medidas que pueden alcanzar incluso a actores no estadounidenses.
Por eso la comparación con Cuba no es un exceso, aunque tampoco deba forzarse. No son casos idénticos. Cuba fue sometida a un cerco más lento, más jurídico, más sedimentado en el tiempo. Irán, en cambio, está siendo colocado frente a una versión más abrupta, más inestable, más propia del estilo Trump, donde el arancel intenta sustituir a la diplomacia y la amenaza comercial se vuelve herramienta de guerra política. Cambia la forma, no el fondo.
En ambos casos aparece la misma pretensión: usar el peso del mercado estadounidense, de su sistema financiero y de su capacidad normativa para aislar a un adversario sin necesidad de descargar sobre él todo el costo de manera directa.
Hay algo todavía más inquietante: estas políticas no solo buscan estrangular materialmente a un país, buscan producir aislamiento por anticipación. Su eficacia mayor no está siempre en la sanción que se ejecuta, sino en la relación que ya no se concreta, en la inversión que se congela, en la empresa que se retira antes de ser nombrada.
Eso obliga a decir algo incómodo: este tipo de políticas suelen presentarse como instrumentos de seguridad, cuando en realidad revelan otra cosa, la creciente dificultad de una potencia para ordenar al mundo por consenso. Cuando el poder deja de persuadir con facilidad, empieza a gobernar a través del costo; ya no convence, condiciona; ya no alinea, contamina vínculos; ya no disciplina solo al enemigo, también a los neutrales.
Por eso la noticia importante no es únicamente la fragilidad del alto al fuego entre Estados Unidos e Irán. Lo verdaderamente importante es el sistema que vuelve a quedar expuesto.
Washington no está mostrando sólo su capacidad de presión sobre un adversario; está recordándole al resto del mundo que puede convertir una relación comercial, un suministro o una cooperación en una falta castigable. Cuba fue uno de los laboratorios más persistentes de esa lógica; Irán puede convertirse en su versión más volátil y más cara para el orden internacional.
Antes del fin
Si una potencia puede arrogarse el derecho de sancionar no sólo a su enemigo, sino a cualquiera que mantenga un vínculo útil con él, entonces ya no estamos frente a una política exterior defensiva. Estamos frente a una forma de administración imperial del miedo. Cuando un país empieza a ejercer ese poder sobre las relaciones ajenas, lo que se expande no es el orden, lo que se expande es el temor.