Falk Richter: "No podemos confiar en nuestra memoria"
El padre de Falk Richter falleció antes de que pudieran reconciliarse. Y ante la imposibilidad de retroceder en el tiempo, el dramaturgo y director alemán optó por confiar en el teatro (además de en una profunda conversación con su madre) para tratar de resolver los secretos familiares jamás confesados y limar traumas heredados que todavía hoy le persiguen. Es su vida, sí, pero también la autoficción, «El silencio», que levanta este fin de semana en el Centro Dramático Nacional.
–¿Por qué por sobre el escenario a Dimitrij Schaad y a no usted?
–Porque sentí que era necesaria cierta distancia. Si lo hubiera interpretado yo mismo podría haber sido demasiado directo, casi confesional. Dimitrij aporta ligereza, inteligencia y cierta ironía que enriquece la obra. Y como no es yo, el público puede reflexionar sobre la historia en lugar de simplemente presenciar una confesión personal. Esa distancia es lo que convierte una historia personal en teatro.
–¿Qué Falk Richter veremos: el joven , el autor, el actual...?
–Se ven diferentes versiones a la vez. Pero es importante que no se trate simplemente de «yo». Es emocionalmente auténtico, pero no es un documental.
–¿Podemos confiar en nuestra memoria?
–No del todo. La memoria no es un archivo, es un proceso. Cambia con el tiempo, se ve influenciada por las emociones y la perspectiva. Dos personas pueden recordar la misma situación de maneras completamente distintas. No me interesaba definir una verdad absoluta, sino mostrar cómo funciona la memoria, cómo nos protege y cómo moldea nuestra identidad.
–¿Cómo fue esa reunión con su madre para preparar la obra?
–Fue un proceso muy intenso y, a veces, delicado. Había cosas en nuestra familia de las que nunca se había hablado realmente. De repente, se abrió un espacio donde podían aflorar. Lo que me importaba era que mi madre apareciera con su propia voz, su propia perspectiva. La obra no trata solo de ella, sino que también se realiza con ella.
–¿Le ayudó a cerrar heridas o a rellenar silencios familiares?
–Sería prudente usar la palabra «sanar». El teatro no puede reparar el pasado. Pero puede romper el silencio. Puede crear una forma en la que algo que estaba oculto o congelado empieza a moverse. Para mí, el proceso hizo visibles ciertas estructuras: cómo las experiencias personales se conectan con fuerzas históricas y sociales más amplias. Las heridas no desaparecen, pero se vuelven expresables.
–¿Qué ha descubierto en todo este proceso?
–Descubrí hasta qué punto la historia se infiltra en la vida privada. El legado de la guerra, la represión y las normas sociales continúa dentro de las familias, a menudo sin ser nombrado. Y me di cuenta de cuánto de nuestro comportamiento es heredado. Repetimos patrones que no comprendemos del todo. Observar a una familia puede revelar algo mucho más profundo sobre toda una sociedad.
–¿También fue terapéutico para su madre?
–Creo que eso es algo que ella misma tendría que responder. Pero puedo decir que quería hablar, y que este proceso le dio el espacio para hacerlo. Para mí, era importante que apareciera con su propia voz, no solo como parte de mi relato.
–¿Es posible sanar las heridas con una persona que ha fallecido, o es algo que ya permanece abierto para la eternidad?
–Creo que algunas heridas permanecen, pero pueden cambiar con el tiempo. Mi padre murió antes de que fuera posible una verdadera reconciliación, y esa ausencia forma parte de la historia. Pero la relación no termina con la muerte. Continúa en la memoria y en cómo nos relacionamos con ella. A través del arte, se pueden abordar estas cuestiones de manera diferente, no para resolverlas, sino para comprenderlas con mayor claridad.
–¿Cómo es su vida: feliz, incompleta, ninguna de estas dos...?
–Diría que ninguna de las dos. La vida es compleja y a menudo contradictoria. Hay experiencias difíciles, pero también momentos de conexión, creatividad y alegría. Me interesa menos definir la vida en categorías claras y más cómo vivimos con esa complejidad.
–¿Falta comunicación entre las diferentes generaciones?
–Sí, pero creo que no es solo generacional, sino también histórica. En la Alemania de posguerra, mucha gente aprendió a no hablar de traumas, de culpa, de sexualidad. El silencio se convirtió en una estrategia de supervivencia, pero también en una barrera. Eso incluye la experiencia de crecer como adolescente “queer” en una sociedad donde la homofobia estaba muy presente, a veces abiertamente violenta, a menudo más sutil e interiorizada. Estos silencios no desaparecen, se transmiten y siguen moldeando las relaciones.
–¿Y cómo se rompen las dinámicas heredadas?
–Creo que empieza por la toma de conciencia. Hay que reconocer estos patrones antes de poder cambiarlos. Luego se trata de encontrar el lenguaje, de permitir que se hable. El silencio a menudo parece natural, pero es aprendido, y se puede desaprender. Eso también implica cuestionar las ideas heredadas sobre la masculinidad, sobre los roles, sobre cómo nos relacionamos entre nosotros. No hay una solución sencilla, pero incluso crear conciencia puede abrir la posibilidad del cambio.
- Dónde: Teatro Valle-Inclán, Madrid. Cuándo: de viernes a domingo. Cuánto: 25 euros.