Un régimen decapitado que no muere desmiente la ilusión de una guerra fácil
Los Estados Unidos e Israel emprendieron una operación aérea quirúrgica contra Irán hace cinco semanas, con el propósito de cambiar rápidamente el régimen teocrático dictatorial. Lo que se planteó como una expedición de pocos días se ha prolongado por semanas y ya supera el mes.
La retórica triunfalista de Trump se ha ido transformando con el paso de los días. Del objetivo inicial de cambio de régimen se ha pasado a destacar logros distintos, como la decapitación de la cúpula religiosa y militar, la destrucción de la marina iraní, la degradación de instalaciones militares, los graves daños a la industria de defensa y la superioridad aérea total sobre los persas.
La reacción de Teherán fue inesperada. No se limitó a la defensiva, sino que amplió el enfrentamiento y regionalizó la guerra, instaurando un conflicto asimétrico al atacar bases estadounidenses en el golfo Pérsico e instalaciones de las petromonarquías aliadas de Estados Unidos.
El otro elemento de la respuesta fue el bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo mundial. Las consecuencias de este cierre han sido preocupantes para la economía global: el alza del precio del barril de petróleo ($110) repercute directamente sobre la inflación mundial y las bolsas han caído aceleradamente. El fantasma del estancamiento con inflación aparece en el horizonte. Ormuz se transforma, así, en el elemento decisivo de un cese del fuego frágil.
La cuestión del estrecho ha provocado serios enfrentamientos con los europeos, quienes se han negado a la petición de Trump de abrir militarmente esta vía. Argumentan que esta guerra no es suya: no la empezaron ni fueron consultados.
Si bien son aliados, la relación con Israel no ha carecido de diferencias. Tel Aviv ha tenido éxito operacional, pero la incertidumbre estratégica permea ese logro táctico. Es cierto que el retraso del programa nuclear iraní y la neutralización de Hezbolá eliminan amenazas inmediatas. Sin embargo, el anuncio de una posible retirada de Estados Unidos provoca inquietud. En lugar de un cambio total del régimen teocrático, podría generarse un vacío caótico.
Ante una eventual salida de Washington, Israel se vería obligado a gestionar el conflicto. Por otra parte, los acercamientos con los países árabes se erosionan significativamente. Los éxitos militares no significan el fin de la guerra, sino apenas una fase de esta.
Rusia se ha manifestado contra las acciones militares de la coalición entre Estados Unidos e Israel y se ha visto beneficiada, tanto porque la guerra en Ucrania ha salido del foco mediático, como por el aumento del precio del petróleo.
China ha mantenido un perfil bajo. El bloqueo petrolero la perjudica por su dependencia del crudo proveniente del golfo Pérsico, pero el ataque directo sobre Teherán la aproxima políticamente a Irán. Cabe preguntarse si esta cercanía podría traducirse en un apoyo logístico en el futuro.
La repercusión en la sociedad estadounidense ha acelerado la caída de la aprobación de Trump en las encuestas (33%), lo cual lo ha llevado a anunciar un posible fin de la guerra en dos o tres semanas. Sin embargo, también ha recurrido a amenazas como “lanzar a los persas a la Edad de Piedra”, una bravata que pone en duda las posibilidades de éxito de las negociaciones diplomáticas con un régimen que, aunque decapitado, resiste como una hidra de mil cabezas que se regenera más allá de la destrucción evidente causada por las incursiones estadounidense-israelíes.
La resistencia iraní ha profundizado la crisis de la Casa Blanca más allá de lo económico, pues la insuficiencia de la guerra aérea para producir una victoria contundente ha abierto la posibilidad de una invasión terrestre (boots on the ground), lo que genera rechazo por parte de la ciudadanía, según las encuestas.
Dos grandes factores inciden a mediano plazo en las elecciones de medio periodo –en noviembre próximo–, más allá de los argumentos militares y geopolíticos. Primero, el aumento en el costo de la vida, la economía del hogar (kitchen table) y el temor de los ciudadanos a ver regresar a sus soldados muertos generan rechazo a la intervención militar (59%). Además, un 60% desaprueba la forma en que Trump gestiona la situación y un 45% considera que las acciones militares no van bien.
Los asesinatos masivos promovidos por los ayatolas no han producido levantamientos organizados y, frente al ataque exterior, esta civilización milenaria recurre a la cohesión interna para galvanizar a su población.
El derribo de aviones de combate, transportes de tropas y helicópteros ha desmentido la retórica de la destrucción total de las defensas antiaéreas. Fuentes de inteligencia del Gobierno de Estados Unidos señalan que Teherán mantiene una parte importante de su arsenal balístico y de drones. La supuesta invulnerabilidad de la supremacía aérea ha quedado invalidada en los hechos, constituyendo una derrota psicológica y táctica.
Esta relativa fragilización militar incrementa el descontento interno y ha llevado a Trump a dirigir el foco de atención hacia Cuba, en su intento por construir un argumento electoral para la base MAGA, particularmente en su bastión de Florida.
Los últimos días revelan la impotencia estratégica de la superpotencia, carente de una definición clara del fin político que persigue, del estado de paz que busca alcanzar mediante la guerra. Un régimen decapitado que no muere refuta la ilusión de una guerra fácil.
La superioridad aérea destruye objetivos materiales, pero no sabe qué obtener de las ruinas. En Venezuela, Delcy Rodríguez se constituyó en interlocutora; en Irán, ni Trump sabe quiénes son sus interlocutores.
La coalición castiga sin dirección y pasa de la amenaza de destrucción total a ofrecer diálogo sin condiciones, para luego regresar a la fuerza pura y amenazar con destruir instalaciones vitales.
La división interna de las fuerzas trumpistas –entre los aislacionistas del “America First” (Marjorie Taylor) y los halcones (Pete Hegseth), partidarios de la hegemonía total– genera una oscilación que produce neblina estratégica. Esto impide una acción coherente y empuja hacia la retirada o el empantanamiento: otra guerra sin fin que la ciudadanía no está dispuesta a aceptar.
El Gobierno estadounidense debe pelear ahora en dos frentes: el Oriente Medio y el frente interno, donde la legitimidad del populismo trumpista comienza a desvanecerse ante la conciencia de que el conflicto no solo afecta el precio del petróleo, sino también los tratamientos médicos (como la diálisis), la fabricación de calzado y los fertilizantes.
Una crisis del petróleo que se transforma en una crisis de todo. Trump debe asumir que el régimen no caerá y que el control de Ormuz permanecerá en manos de Irán. No hay victoria más allá de los éxitos militares tácticos.
curcuyo@gmail.com
Constantino Urcuyo es abogado y politólogo con un doctorado en Sociología Política de la Universidad de París.