Inmersión en el mundo de Ives
El concierto giraba en torno a una generosa selección del corpus de 114 canciones salidas de la insólita y anárquica inspiración de Charles Ives (1874-1954), aquel curioso creador millonario que supo abrir nuevos e insólitos caminos. Original, inesperado, vulgar o exquisito, su torrencial vena creadora todavía nos asombra. En esta sesión se nos han ofrecido diecisiete piezas, todas ellas breves, en algún caso de curiosa inspiración, como ráfagas, frecuentemente inspiradas en aires populares o bañadas en ese ámbito. Muchas de ellas de curso movedizo e irregular, epigramáticas, afiladas de expresión, volátiles, con graciosos y sugerentes apuntes melódicos, de incierta tonalidad. Destellos en ocasiones fulgurantes que parecen quedar a medio camino, como la titulada «September». En otros casos se nos ofrecen como cálidos apuntes melódicos, así «Maple leaves»; o como arrulladores soliloquios, así «Berceuse». O como flashes pictóricos («Tom sails away») O como apuntes valsísticos («One, two, three», pieza no incluida dentro del cuaderno de 114). O en calidad de canto popular, arpegiado («In the alley)». Entre unos grupos de canciones del compositor americano y otros se introdujeron cinco lieder populares «Lieder und Gesänge») y uno perteneciente a «Des Knaben Wunderhorn» de Mahler, el conocido «Das irdische Leben», y el cuaderno «Proses lyriques» de Debussy, que, sobre todo en este último caso, nos introdujeron en otro mundo. Por lo que respecta al músico francés se nos abrieron las puertas del más refinado impresionismo. La delicadeza de De soirs, que cierra el grupo, nos envolvió y nos llevó a otro mundo. Y eso que ni la voz ni el estilo, ni el arte, ni el desparpajo de la soprano Anna Prohaska eran los más adecuados para calar en el mensaje debussyano. Sí para destacar los rasgos a veces populares de los flashes de Ives. Es una voz lírica no muy abundante de armónicos, de escasa cristalinidad y de relativa enjundia. Graves débiles, centro justo, agudo no especialmente fácil, aunque no hubo en el programa ninguna exigencia especial. Desde luego se explicó bien en Ives, con cierto gracejo cuando convenía. En Mahler se le vio más el plumero. La tragedia que se cuenta en la pieza necesita de otra expresión. Y Debussy precisa de otra elocuencia, de una matización y una exquisitez más reconocibles, de unos claroscuros más definidos. Tuvo en Aimard un buen colaborador. Es, ya lo sabemos, un pianista puntilloso, camaleónico, que se amoldó sin problemas a los modos de la soprano, a la que sirvió con detalle y general pulcritud, quizá a falta de un mayor toque poético en Debussy. Al cierre, una propina schumaniana: el lied que evoca «La marsellesa». No parecía venir muy a cuento. El concierto, ilustrado hasta cierto punto por un programa de mano en el que ya no se incluyen los textos, no se pudo seguir siempre de manera puntual, pues en los sobretítulos no figuraban los nombres de las canciones. Amplias y razonadas notas, con reproducción de largos párrafos de escritos del propio Ives, firmadas por Luis Gago. No se decía nada de Mahler ni de Debussy.