Con el Resucitado termina una Semana Santa que registrarán los anales como una de las grandes, de excelente tiempo, participación sublime y reconocimiento disparado de la vigencia del fenómeno como nunca se ha dado. Y comienza el calvario a la vuelta de la España que procesiona por los surcos, por las carreteras, por los pasillos de los supermercados, mirando al cielo de la incertidumbre provocada por una guerra ni tan lejana ni tan neutra. Tiempo de siembra de remolacha, patatas, maíz, cuyas semillas comienzan su estación de penitencia por los altos precios de los fertilizantes a causa del ahogamiento del estrecho de Ormuz o los costes del combustible, que minan las rentabilidades de las tierras, rácanas de márgenes. Leo ayer...
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