Rafael estaba con unos amigos una noche de cena, en casa de uno de ellos en lo que pretendía ser una velada normal, dentro de lo que allí se podía entender por normalidad: hablando de política sin hablar, sin levantar la voz... De esas que «tocaron a la puerta» y el corazón se les paró. «¿Esperas a alguien?», preguntó otro al dueño. «No», respondió, y casi sin resuello, abrieron pensando que podía ser «alguien afín al gobierno que nos había escuchado hablar y nos iba a denunciar » en lo que allá se conoce como «la operación Tun tun». «¡Era el vecino!», y llegó el alivio. «¡Madre mía! ¿Es tal el nivel al que hemos llegado? », se sigue preguntando ya de vuelta en España desde su Venezuela natal. Ésa a la que regresa cada dos años para ver a su familia. El pasado noviembre, ya con el clima «de mucha tensión» y pese a que había quien «me decía que cómo iba a ir», Rafael cruzó el Atlántico «porque quería ver a mis padres». Claro que desde la distancia de Segovia en la que ahora reside y trabaja no se imaginaba cómo estaba la situación, por más que «sabíamos que no había libertad de expresión y que la gente tenía temor a hablar». «Esto no es vivir», asegura que les advirtió a sus conocidos en esa cena inolvidable. «Yo ya me quería venir», confiesa con la emoción en el rostro, porque «claro, nosotros estamos aquí y estamos bien, pero la gente queda allá...» . Y una pregunta le sigue repicando en la cabeza: «¿Cómo hacen para vivir en paz y felices aquí?». Y es que después de casi nueve años en España y otra estancia en México, «yo ya no no me sentía a gusto, aunque soy venezolano». «Ya se han acostumbrado a sobrevivir y ya saben cómo actuar en tal situación como esa», se trata de explicar Rafael, quien reconoce que «cuando agarraron a Maduro, yo salté de gozo aquí». Pero «allí», puntualiza, aunque «se van dando pasitos progresivos», lo que hay es «una alegría prudente porque no la pueden celebrar». «Bien, hijo, estamos bien, que se haga la voluntad de Dios», la respuesta al otro lado de la línea de sus padres, que justo iban a viajar a España para pasar la Navidad, pero no pudieron hacerlo. Ese 3 de enero ya marcado en la historia, cuando Estados Unidos apresaba a Nicolás Maduro, Leo estaba en su Colombia de origen. Justo en una ciudad que hace frontera, así que por más que fuera otro país, allí también lo que reinaba era la «tensión», reconoce, con la pena de que «desde Cúcuta hemos visto a Venezuela derrumbarse como quien ve nevar desde la ventana» . «Era el hermanito rico. Allí se vivía muy bien» rememora este otro sacerdote de los tiempos de su niñez y adolescencia. Los «más bonitos», por ejemplo, siempre eran los «carros venacos». «La gente en Colombia migraba a Venezuela» a encontrar trabajo porque «la situación en Colombia siempre fue difícil». Pero «hace unos años eso cambió», dice aún con la incredulidad de ver cómo los venezolanos, a quienes les llegaba a costar menos un litro de gasolina que uno de agua dada la riqueza en crudo, «tenían que pasar la frontera por el puente o por las trochas para poder conseguir gasolina». O esa «migración de miles y miles de venezolanos, caminando muchos de ellos, escapando de la situación». Este enero «no cerraron los puentes. Fue algo increíble porque todo el mundo estaba esperando que sucediera», apunta Leo de ese día de «rareza» que vivió en primera persona y «muy cerquita», desde su Cúcuta natal. Y el temor a que también allí cerraran el espacio aéreo y que ese reflejo de la 'ventana' se reprodujese allí en su país por las similitudes que aprecia con el vecino. Leo ya sabía que si el viaje de ida de su compañero y amigo Rafael estuvo marcado por esa «tensión» de los buques de Estados Unidos en el Caribe, la vuelta había sido todo un periplo de aviones y autobuses de dos días para llegar desde su Trujillo a España vía Colombia, cruzando la frontera por Cúcuta, pues el espacio aéreo estaba cerrado. Allí, al otro lado, la familia de Leo, su ahora también vecino en otra parroquia con la que hace 'frontera' en la provincia de Segovia, le daba acogida. «Si hay algo que tiene el pueblo de Venezuela es la capacidad de esperanza », valora Leo de sus hermanos de frontera. «Si hay un pueblo que sabe esperar es el venezolano», apostilla el colombiano. «Ya hemos sufrido y hemos perdido tanto los venezolanos que el petróleo es lo de menos», añade Rafael, quien tiene claro que a él, que ha vivido allí durante años y que l a Venezuela que ve «no es la que conocí de niño», no le importa que el interés del presidente de Estados Unidos sea el petróleo «mientras la gente tenga sus necesidades cubiertas». «¡Si ahora se lo están llevando cuatro familias en Venezuela!», subraya. «¿De qué sirve tener petróleo cuando hay gente maltratada, un pueblo que sufre?», se cuestiona a la vez que se responde: «Es muy bonito hablar de Venezuela desde un país que tiene todas sus necesidades cubiertas», pero allí lo que hay es un «pueblo oprimido, que sufre» . «Es una cosa tremenda que no me lo han contado. No necesito ver la televisión para saber lo que pasa en Venezuela cuando yo lo he vivido en carne propia». «Yo he visto a mi madre llorar porque no estamos los hijos en Venezuela» , apunta Rafael. «La tierra siempre llama», dice sobre la posibilidad de regresar algún día al país caribeño, aunque todavía sin fecha y ese autoaliento al optimismo: «No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista», se dice como aliento. «Mientras yo desde aquí pueda servir a la Iglesia como lo hago y pueda ayudar un poco más a mi familia, yo me quedaría aquí», dice.