La palabra alemana que explica la crisis emocional del mundo
Se conoce bien el interés de algunos individuos por descifrar palabras: por desmenuzarlas y llevarlas a sus elementos más minúsculos. No los lingüísticos, claro, sino aquellos históricos, sociológicos, de significado; los del simbolismo para su sano consumo –durante las tertulias, en la lectura, para la vida–. Lo hacían las profesoras que pedían sacar el diccionario abreviado de uso del español actual para entender mejor a Miguel de Cervantes; lo hace hoy Caparrós en La palabra inteligencia: “las palabras (…) las traen, las llevan, las quitan, las ponen, las callan, las gritan, las pervierten: es una vida muy difícil. Algunas se defienden como pueden, escondidas donde pocos las digan o recuerden, pero otras sufren reveses tremebundos”. En ese camino lastreado, cuentan, también hay quienes practican el ejercicio inverso: encontrar alguna que describa algo complejo, difícil de identificar. De ahí nace la búsqueda de la definición de esa desazón interna, constreñida y estrujada, quemante y lacerante, que se percibe ante el desbarranco irremediable de una humanidad que no aprendió absolutamente nada después de una pandemia.
Laura Carreira, cineasta portuguesa, no la llama infelicidad, “pero sí una profunda insatisfacción vital y una cierta perplejidad al constatar cómo están organizadas nuestras sociedades”, cómo los grupos trabajadores “somos peones en el juego de los propietarios del mundo”. El sofoco, otra candidata, trae bocanadas de ahogo aún más calurosas cuando la socióloga y antropóloga brasileña Rosana Pinheiro-Machado plantea que los trabajadores de hoy –como los de Uber, por citar solo un ejemplo– permanecen en un modo gamer constante, con premios por más viajes, con castigos cuando aquellos no se aceptan; con la vigilancia como estado basal, con desgaste, contracturas o infartos de miocardio. Despropósito, entonces, puede ser la alternativa.
Depresión y ansiedad son las más convencionales, las más psiquiatrizadas –las más tratables, según juran las compañías farmacéuticas–, para hablar del planeta que reduce los gastos en salud, educación y equidad, pero los aumenta en defensa, en milicias o en drones asesinos. Enseñan a usarlas como queriendo ignorar las causas reales del sufrimiento y del dolor, como pretendiendo que el ritmo frenético de la vida no es más que un detalle superfluo y pasajero. Una mera casualidad.
Injusticia, muy del día a día, propia de la impunidad del poder, de las reglas impuestas por la fuerza para ser cumplidas solo a conveniencia, donde las vidas son números almacenados en una tabla de Excel, borrables con un clic. Indignación, puede ser, cuando un nombre particular se adhiere al número de seguidores en Instagram como su equivalencia de éxito, como su carta de presentación; o cuando el salario mínimo, más que moneda de cambio, resulta ser una ofensa. O absurdo, de vivir la canción favorita de la banda favorita a través de la pantalla celular en medio concierto, o suponer que la dilatación de unas pupilas vinculadas se alcanza a través de un WhatsApp. “¿Y qué es lo que no comprendemos? Pues el universo entero es un enigma, pero ahora me estoy refiriendo, en concreto, al oscuro corazón de los humanos”, dice Rosa Montero.
Por ahí, de rebote, se desentierra –renace– la palabra alemana Weltschmerzen. Romántica, sí, eso dicen, pero más adecuada para describir el dolor de mundo, la insatisfacción porque las expectativas se vuelven ilusorias ante un planeta que puja en la dirección contraria al anhelo, el sinsentido por la falta de sentido de saberse predeterminados, guiados como borregos por una inteligencia artificial cada vez más artificial, pero enraizada y fusionada con la esencia humana.
En medio de esa noche oscura, resplandece y brilla Borges en El Aleph: “Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo; consideré la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y, con los días, los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa”.
Y un respiro breve permite bajarse del estruendo sonoro y doloroso, inhalar, sentir y recordar el agua que escurre por la cara durante la mejenga en el colegio bajo la lluvia, la brisa salina de mar como oasis en el verano puntarenense, la risa sonora que interrumpe el silencio de la lectura en solitario, el panorama de las hojas de los árboles moviéndose sobre esta hamaca multicolor, cuando hay un capibara que muere pero cuatro que sobreviven, el retumbo pulmonar del rugido de los congos en media selva caribeña, el juego de encontrar la primera estrella saliente en el ocaso o de buscar las luces del puerto cuando se encienden en frente de la península, la consciencia del significado de la tertulia durante la tertulia, el geko que cae en la espalda y luego corre despavorido en medio del jolgorio y la vacilada, la conexión con el interior anterior, la historia de la señora de sesenta y muchos que encontró el amor, decidir quedarse de este lado porque ya el ferri “nos ha dejado dos veces”, desempolvar la memoria de Jorge Luis Borges a 40 años de su partida, la sombra que crece frente a unos ojos maravillados –shadows grow so long, before my eyes, dice Peter Frampton–, las vacas que buscan un viejo guanacaste para protegerse de la noche, la carcajada que se define como estallido de júbilo y sentido de ser, como la aspiración máxima. Por eso Calle 13 canta “agarra tu maleta, el bulto, los motetes/El equipaje, tu valija, la mochila con todos tus juguetes y/Dame la mano y vamos a darle la vuelta al mundo/Darle la vuelta al mundo/Darle la vuelta al mundo”. Hay que darle la vuelta a este mundo tan patas pa’rriba.
ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr
Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.