Entrevemos la Aurora, sale el Sol. ¿Comienza un nuevo día? No, termina la Semana Santa, la primera arruga de cuyo envejecimiento aceleradísimo la percibe cada sevillano de forma distinta: están los fatigas que se lamentan desde el Viernes de Dolores («esto se acaba»), los pragmáticos que echan su lagrimita y su túnica al cesto de la ropa sucia al recogerse su cofradía (así sea Domingo de Ramos), los cartesianos que calculan el tramo exacto del Miércoles Santo que marca el ecuador del paso por La Campana y, sobre todo, esa mayoría que se guía por su particularísimo reloj emocional. «Ya no me hace falta ni ver los ciriales negros. Yo escucho a lo lejos al muñidor de La Mortaja… y...
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