Sin dejar a nadie atrás, a los empresarios (marxistas)
“La ciudad, poblada por dos clases de personas, las que hacen negocios y sus víctimas…” crueles palabras las de Thomas Bernhard cuando son referidas a los empresarios y que, sin embargo, pecaríamos de ingenuidad al ignorar, puesto que transmiten una idea que chorrea y se encharca entre nosotros desde ya hace demasiado. Esa caracterización de los negocios resuena grave en los países latinoamericanos, puesto que nuestra historia intelectual y política tiene su base en discusiones sobre la naturaleza de los problemas específicamente locales. No siempre se entendió como un rasgo fundamental de nuestra realidad el problema marxista de la lucha de clases, sino que incluso entre los ideólogos de izquierda se intentó reemplazar con problemas indigenistas, nacionalistas y agrarios, todo antes que de clase. La pesada cruz del narcotráfico puede aligerarse un poco mediante la confesión de ese rizoma social, por ejemplo, comparándolo con lo que describía en su momento Luis Cabrera Lobato sobre un problema, en muchos de sus elementos, similar: “La población rural necesita complementar su salario: si tuviese ejidos, la mitad del año trabajaría como jornalero, y la otra mitad del año aplicaría sus energías a esquilmarlos por su cuenta. No teniéndolos, se ve obligada a vivir seis meses del jornal, y los otros seis meses toma el rifle y es zapatista”. Los jóvenes merecen más que el blanco y el negro, sin restarle valor al blanco y al negro.
En columnas anteriores platicamos sobre el desdibujamiento de las fronteras entre las, así llamadas, izquierda y derecha. Pero es que, como escribe Michel Houellebecq, “la tarea de los titulares de la magistratura suprema era, como siempre había sido, defender lo mejor posible los intereses del país, como la misión de un empresario es defender los intereses de su empresa, tareas que no implican la elección de una ideología ni de una determinada orientación política”. Como sea, es necesario encarnar nuestros principios y defender lo que consideramos sagrado, aquello de lo que no debe hablarse a la ligera y mediante lo cual llegaremos a conseguir “la vacuna total”, como diría Boris Vian. En esto se basa nuestro deber de convencer a la sociedad del valor político del empresariado, y no tenemos otra opción sino la de considerar y responder a los argumentos que se nos oponen. No solo los empresarios hacemos negocios, pero creo que los negocios que sí hacemos tienen el potencial de llegar a ser un modelo de empatía revolucionaria, base de una economía de la bondad.
Las organizaciones empresariales han llevado dentro de sí esta tarea desde sus comienzos. En los documentos fundamentales de la Coparmex podemos encontrar el siguiente razonamiento que comparto en favor del entendimiento y la prosperidad de nuestra ciudad: “La revolución en los países imperialistas es una cosa, en ellos la burguesía es contrarrevolucionaria, pero en los países coloniales y dependientes, la opresión imperialista no puede dejar de afectar a la burguesía nacional: en ellos, la burguesía nacional puede apoyar el movimiento revolucionario de su país contra el imperialismo”. Esta referencia, secundada por los teóricos del empresariado mexicano, no es más que una cita textual del líder soviético a propósito de China, este último quien, hoy en día, mejor administra el tal llamado capitalismo globalizado. Es, además, el hilo de una autocrítica sincera y productiva: más que un análisis, tratamos con la invitación a retomar una conversación que ha coincidido con el desarrollo del México moderno, la del humanismo empresarial.
Les deseo unas Felices Pascuas.