Trump proclama la “aniquilación” militar de Irán y redobla su apuesta bélica pese a las dudas internas en EE UU
En un discurso televisado a la nación que marca un punto de inflexión en la escalada militar entre Estados Unidos e Irán, el presidente Donald Trump proclamó este martes lo que describió como una victoria “rápida, decisiva y abrumadora” de las fuerzas estadounidenses en apenas cuatro semanas de ofensiva bajo la denominada “Operation Epic Fury”. Un mensaje de tono triunfalista que, sin embargo, contrasta con las crecientes dudas dentro y fuera de Estados Unidos sobre el rumbo y el coste real de la guerra.
“Esta noche, la marina iraní ha desaparecido. Su fuerza aérea está en ruinas. Sus líderes, la mayoría terroristas, están muertos”, afirmó Trump desde la Casa Blanca, en una intervención cuidadosamente coreografiada para proyectar control y superioridad. Según el mandatario, la capacidad del régimen para lanzar misiles y drones ha sido “dramáticamente reducida”, mientras sus fábricas de armamento y plataformas de lanzamiento están siendo “destruidas pieza por pieza”.
El relato presidencial dibuja una campaña quirúrgica y eficaz. Pero, como ha ocurrido en conflictos anteriores, la contundencia de las declaraciones no disipa las incertidumbres estratégicas. De hecho, el propio Trump introdujo una de ellas horas antes del discurso, en una entrevista con Reuters, al minimizar la importancia del uranio enriquecido iraní —uno de los ejes tradicionales del conflicto— al afirmar que se encuentra “tan profundo bajo tierra” que ya no le preocupa.
La afirmación supone un giro respecto a sus propias palabras de la semana pasada, cuando insistía en que Washington quería no solo frenar el enriquecimiento, sino también hacerse con ese material. Expertos en seguridad señalan que recuperar ese uranio implicaría operaciones terrestres complejas, algo que la Administración ha evitado confirmar públicamente.
Una guerra sin petróleo… pero con petróleo de fondo
En su intervención, Trump trató de desligar la ofensiva de cualquier interés energético. “No necesitamos su petróleo. Somos totalmente independientes de Oriente Medio”, sostuvo, al tiempo que justificaba la presencia militar como un acto de apoyo a aliados estratégicos. Sin embargo, la evolución de los mercados y la geopolítica energética cuentan otra historia.
La guerra ha provocado la mayor disrupción del suministro global en décadas tras el cierre de facto del estrecho de Ormuz por parte de Irán, un paso crítico por donde transita cerca de un quinto del petróleo mundial. Aunque los precios han caído levemente por debajo de los 100 dólares durante el discurso —una señal de confianza de los mercados en una eventual estabilización—, analistas advierten de posibles escaseces en Asia y, posteriormente, en Europa si el bloqueo se prolonga.
En paralelo, la Administración estadounidense ha reforzado su control sobre las exportaciones petroleras de Venezuela tras la caída del gobierno de Nicolás Maduro en enero, un movimiento que añade una dimensión hemisférica a la estrategia energética de Washington.
Objetivo nuclear y contradicciones estratégicas
Trump reiteró que uno de los objetivos centrales de la operación es impedir que Irán desarrolle un arma nuclear. “Ahora son incapaces de hacerlo”, aseguró. No obstante, la necesidad de continuar los ataques durante al menos dos semanas más —como él mismo anunció— sugiere que la amenaza no está completamente neutralizada.
El presidente también negó que el objetivo sea un cambio de régimen, pese a que esa posibilidad fue mencionada por su propia Administración en las primeras fases del conflicto. La rectificación responde, según fuentes diplomáticas, al temor de abrir un escenario de ocupación prolongada similar al de Irak.
Para justificar la intervención ante la opinión pública, Trump apeló a un argumento económico y doméstico: la guerra como “inversión en el futuro de las familias estadounidenses”. Un encuadre que busca trasladar los beneficios estratégicos a la vida cotidiana de los ciudadanos, aunque no todos parecen convencidos.
Una opinión pública dividida
Las últimas encuestas reflejan un país lejos del consenso. Sondeos recientes de medios como Gallup y Pew Research Center apuntan a una opinión pública fragmentada: entre un 45% y un 50% de los estadounidenses respalda la operación militar, mientras una proporción similar expresa rechazo o preocupación por una escalada prolongada.
El apoyo es más sólido entre votantes republicanos, donde supera el 70%, pero cae significativamente entre independientes y demócratas, muchos de los cuales temen un conflicto abierto de larga duración. Además, más del 60% de los encuestados considera que la guerra podría tener efectos negativos en la economía nacional, especialmente si se disparan los precios de la energía o se amplía el despliegue militar.
En este contexto, el discurso de Trump parece diseñado no solo para adversarios externos, sino también para una audiencia interna cada vez más escéptica.
Cifras controvertidas y guerra informativa
Otro de los puntos más polémicos de la intervención fue la cifra de 45.000 muertos que Trump atribuyó a la represión interna del régimen iraní antes del inicio de la ofensiva. El presidente no aportó fuentes, y la estimación supera ampliamente otros cálculos disponibles. Investigaciones previas, como las publicadas por The Guardian, sitúan el número en torno a 30.000, mientras que otras organizaciones manejan cifras menores.
La opacidad informativa en Irán dificulta la verificación independiente, convirtiendo las cifras en un campo más de la batalla narrativa que acompaña al conflicto.
Entre la victoria declarada y la incertidumbre real
A pesar del tono categórico del discurso, la guerra dista de estar cerrada. La insistencia en que las operaciones continuarán “como nunca antes” en las próximas semanas apunta a una campaña aún en curso, con objetivos que siguen evolucionando.
Trump ha querido presentar “Operation Epic Fury” como una demostración de fuerza sin precedentes, capaz de redefinir el equilibrio regional. Pero la historia reciente sugiere que las victorias rápidas en el campo de batalla no siempre se traducen en estabilidad duradera.
Mientras Washington proclama avances, el mundo observa con cautela. Y en casa, una pregunta persiste: cuánto costará —en términos económicos, políticos y humanos— una guerra que el presidente ya vende como inversión de futuro.