Farage paga su cercanía a Trump: Reform se enfría en las encuestas en pleno pulso electoral
Cada vez resulta más complicado presumir de amistad con Donald Trump. Que se lo digan, si no, a Nigel Farage. El enfant terrible de la política británica, protagonista del Brexit, ha hecho durante años de su cercanía con el inquilino de la Casa Blanca una credencial política, presentándose incluso como el mejor intermediario para preservar la histórica “relación especial” entre Londres y Washington.
Pero la asociación con Trump en plena escalada por la guerra con Irán —y su impacto directo en el precio del petróleo— está pasando factura a Reform UK en un momento crítico. A las puertas de las elecciones locales y regionales de mayo, Farage aspiraba a consagrarse como alternativa real a primer ministro. Pero dentro del partido ya admiten “nervios” ante el riesgo de no alcanzar el resultado necesario para certificar la muerte del bipartidismo. El temor es concreto: quedarse por debajo del 25% de los votos el 7 de mayo. Un umbral psicológico que pondría en cuestión el relato de avance imparable hacia Downing Street. Desde la formación populista aseguran que la oposición les va a machacar con el argumento de “quién se supone que es el mejor amigo del tipo que empezó esta guerra”.
A este desgaste se suma una semana especialmente turbulenta. El lanzamiento oficial de la campaña de Reform para las elecciones en Escocia, Gales y los consejos locales en Inglaterra ha coincidido con una cadena de polémicas que refuerzan la imagen de desorden interno.
Horas antes del acto de presentación de campaña el pasado jueves por la noche, partidos de la oposición pidieron la suspensión de un candidato galés tras difundirse una imagen en la que parecía realizar un saludo nazi. Días antes, el aspirante a la alcaldía de Hampshire y Solent fue apartado tras calificar a miembros de un servicio de ambulancias judío, víctima de un ataque incendiario, como “islamistas a caballo”. Y en paralelo, un candidato en Gales abandonó la carrera en medio de acusaciones de “paracaidismo” desde fuera de la circunscripción. El goteo de controversias alcanza también al excandidato parlamentario Matthew Goodwin, cuestionado por supuestamente haber fabricado citas y distorsionado estadísticas en su libro Suicide of a Nation: Immigration, Islam, Identity.
Pese a ello, Farage mantiene objetivos ambiciosos: miles de escaños en consejos locales, con foco en el noreste de Inglaterra, el este y los suburbios londinenses. En Escocia, Reform se mueve entre el segundo y el tercer puesto, por detrás del Scottish National Party. En Gales, disputa el liderazgo con Plaid Cymru.
Sin embargo, las encuestas empiezan a enfriarse. El partido ronda ahora el 26%, lejos del 31% alcanzado en otoño. Y hay un dato especialmente revelador: sólo el 13% de los británicos se declara favorable a Trump. Según Luke Tryl, de More in Common, “la mayor barrera para votar a Reform es Trump”.
En este contexto, el premier Keir Starmer ha decidido también mover ficha. El Gobierno prepara una reforma de gran calado del sistema de financiación política que impacta de lleno en Reform: prohibición urgente de donaciones en criptomonedas y límite de 100.000 libras a las aportaciones de británicos residentes en el extranjero.
La medida, que entraría en vigor de forma inmediata, forma parte de una nueva legislación electoral que incorpora además recomendaciones de un informe independiente elaborado por Philip Rycroft. El documento alerta del riesgo de injerencia extranjera —desde Iran, Russia y China hasta aliados como United States— en la política británica. Reform ha recibido en el último año unos 12 millones de libras del inversor con sede en Tailandia Christopher Harborne, además de fondos procedentes de donantes radicados en Mónaco. Es, además, el único gran partido británico que acepta donaciones en criptomonedas.
Rycroft va más allá y sugiere incluso limitar todas las donaciones individuales para “mantener el dinero de gran escala fuera de la política”. Whitehall estudia ahora ese escenario, junto con controles más estrictos sobre el origen de los fondos.
Desde Reform, la respuesta ha sido inmediata. Su número dos, Richard Tice, acusa al Gobierno de estar “aterrado” por su ascenso y de intentar frenarlo por la vía regulatoria. Pero el Ejecutivo defiende la urgencia de la reforma. El ministro Steve Reed advierte de que no permitirá “ninguna ventana de oportunidad para actores maliciosos”. Starmer lo resume en términos más amplios: proteger la democracia.
El trasfondo es más profundo que una batalla partidista. El informe de Rycroft alerta de un ecosistema cada vez más vulnerable a la influencia externa —incluidos actores privados como Elon Musk— y de la dificultad de rastrear el dinero político en un mundo digitalizado. La alarma no es retórica. La revisión se encargó tras la condena del ex político de Reform Nathan Gill por aceptar sobornos vinculados a Rusia. “No estoy pulsando el botón del pánico, pero sí haciendo sonar la alarma”, advirtió Rycroft.