Trump recurre a la guerra psicológica ante la falta de avance militar
Desde que comenzó la guerra de EE UU e Israel contra Irán, los países atacantes han conseguido diezmar una buena parte del aparato iraní golpeando miles de objetivos y obligando al régimen a resistir a base de relevos en sus cúpulas de poder. Además de la muerte del exlíder iraní, Ali Jamenei, las operaciones estadounidenses e israelíes también han acabado con figuras clave del entramado de seguridad del régimen, entre ellas el funcionario de seguridad nacional Ali Larijani, el ministro de inteligencia Esmail Khatib, el jefe de las fuerzas paramilitares Gholamreza Soleimani y, el jueves, el jefe de la armada iraní Alireza Tangsiri.
Sin embargo, hay algo que Donald Trump todavía no ha conseguido y eso es lo que posiblemente le esté empujando a redoblar la presión en Oriente Medio, a ratos, porque los últimos días han estado llenos de contradicciones. El mandatario norteamericano todavía no ha conseguido quebrar políticamente al nuevo liderazgo iraní y forzar la rendición que ha prometido desde el primer momento.
Esa victoria que no acaba de llegar, sumada a la frustración de una guerra que se alarga más de lo previsto, han llevado al republicano a activar una estrategia de la que ya ha tirado antes, la guerra psicológica. Primero, el mandatario estadounidense alimentó en entrevistas y comparecencias improvisadas ante la prensa la duda sobre si Motjaba Jamenei, de 56 años e hijo del fallecido Ali Jamenei, seguía vivo tras los ataques del 28 de febrero. Más tarde, habló de unos supuestos avances diplomáticos y una desescalada del conflicto en Medio Oriente que minutos después Irán se apresuró a desmentir. Ahora, la última duda que Trump ha puesto sobre la mesa está relacionada con la orientación sexual de su enemigo.
La noche del jueves, en una entrevista con la cadena norteamericana Fox News, al ser preguntado por el periodista Jesse Watters sobre ese rumor, Trump, que podía haberlo cortado de raíz, aprovechó el momento para dejar flotando la insinuación, bueno, sí, dijeron eso, aseguró refiriéndose a los equipos de inteligencia de la CIA, pero no sé si fueron ellos solamente. Creo que mucha gente está diciendo eso. Lo que lo pone en un mal comienzo en ese país en particular.
El comentario no es menor, y quien lo ha pronunciado lo sabe. En Irán, las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo están penadas por la ley inspirada en la sharía, y las condenas pueden ser extremadamente severas, incluso acabar en la horca.
En este caso, lo importante no es tanto la veracidad del rumor, que hasta el momento Trump no ha probado, sino el uso político que la Casa Blanca hace de él. Saben perfectamente que en una teocracia como la iraní, sembrar este tipo de sospechas es peligroso, y empuja a su enemigo a un terreno sensible para el régimen. Como no ha conseguido doblegar a la nueva cúpula por la fuerza e imponiendo su autoridad, como hizo en Venezuela con la actual dirigente, Delcy Rodríguez, está intentando someter a sus líderes a un desgaste psicológico. Trump no ha presentado pruebas sobre sus afirmaciones, pero hay medios estadounidenses que recogen que la inteligencia de este país afirma que Jamenei mantuvo una relación sexual durante años con quien era su tutor y que dicha información fue obtenida de una de las fuentes más protegidas con las que cuenta el gobierno. Otra fuente señaló que también habría realizado agresivas insinuaciones sexuales hacia los hombres que trabajan para él. Su padre y otras personas sospechaban que era gay, y ese era un rumor que se estaba difundiendo para intentar impedir su ascenso.
Trump, con esta estrategia, muestra su nerviosismo ante un conflicto que no va por el camino que él tenía en mente. No es la primera vez que recurre a este patrón. Medio mundo ha presenciado cómo aseguraba que las conversaciones con Irán avanzaban y que se habían iniciado negociaciones, mientras en el lado iraní lo negaban abiertamente. Una solución similar ocurrió hace poco con Australia, y eso que su dirigente simpatiza con Trump, pero al final no le quedó más remedio que salir a aclarar que ellos no habían recibido una invitación formal para crear una solución conjunta al cierre del estrecho de Ormuz.
El problema de Trump es que esta estrategia tampoco parece que le esté funcionando. Lejos de derrumbarse, el régimen iraní se está recomponiendo en torno a una estructura más cerrada, más militarizada y radical. Según The Washington Post, la Guardia Revolucionaria está ganando cada vez más peso en decisiones clave del régimen, y poco a poco se está favoreciendo a una concentración de poder en sectores aún más duros de lo que había. Para muchos iraníes esa posibilidad resulta inquietante, y mientras una parte de la población es afín al régimen represivo desde hace tiempo, otra se está replegando en torno al aparato del Estado en modo de supervivencia. Trump corre el riesgo de estar forzando precisamente aquello que inicialmente quiso destruir, un régimen más cerrado y radical y con mayor capacidad militar.